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Durante 2010, en las farmacias españolas se vendieron casi 7 millones de unidades de filtros solares, lo cual supone sólo un 2% más que el año anterior. Este crecimiento es un poco inferior al obtenido en 2009 en relación al 2008 (+3%). La evolución en valores es un poco mejor derivada de un moderado incremento del precio de los protectores solares en este periodo[1]. Por tanto, se puede decir que, al menos en la farmacia, el mercado de la protección solar está plafonado a pesar de las campañas institucionales, organizadas tanto por los dermatólogos y los farmacéuticos como por organismos oficiales, y de las inversiones en publicidad realizadas por la industria farmacéutica y cosmética para estimular las ventas de sus protectores solares.

Según el INE en el año 2010 España superó ligeramente los 47 millones de habitantes, ello quiere decir que por término medio cada 7 españoles utilizamos una unidad de un protector solar adquirido en la farmacia a lo largo del año. Teniendo en cuenta que el mercado cosmético farmacéutico representa aproximadamente un 15% del mercado cosmético total español, en el mejor de los casos cada ciudadano español utiliza un filtro solar al año. No tengo en cuenta los más de  40 millones de turistas que nos visitan cada año, con los que los datos serían mucho peores. Y esto en un país como España que es el que más horas de sol tiene al año de Europa, más de 3.000 en las zonas más soleadas. Ni que decir tiene que, a la vista de estos datos, la utilización de filtros solares en España es totalmente insuficiente.

En el otro extremo de la información, en un artículo publicado en 2010 por dermatólogos de la Universidad de Granada[2], se evalúa la evolución del cáncer de piel en el periodo 1978-2002 obteniéndose los siguientes resultados: en España el melanoma aumentó de forma continuada durante este periodo obteniéndose tasas más altas en mujeres, siendo, además, el melanoma la neoplasia que presenta un mayor ritmo de crecimiento anual de su mortalidad, sólo superado por el linfoma no hodkiniano y el cáncer de pulmón en mujeres y por el testicular en hombres[3]. La incidencia máxima de melanoma se obtuvo en Australia, lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta la proximidad del agujero de la capa de ozono atmosférica y consecuentemente su menor protección frente a los dañinos UVC. Por nuestra parte, no es  baladí recordar que durante este periodo se produjo la explosión del ocio al aire libre en España durante las vacaciones de verano, especialmente destacable el incremento de las horas de sol tomado en playas y piscinas, quizá preponderantemente por parte de las mujeres, y la popularización entre ellas del uso de los centros de UVA para alcanzar un bronceado más rápido o fuera de la época estival. Ello podría explicar que desde 1994 se haya estabilizado la tasa de mortalidad por melanoma en varones mientras sigue aumentando en mujeres.Por otro lado, en relación a los cánceres de piel no-melanoma (CCNM), su incidencia aumentó durante el periodo estudiado con tasas más elevadas en varones. Las incidencias máximas se registraron nuevamente en Australia, Brasil y entre la población de origen europeo de Zimbabue. En España las tasas estandarizadas de cáncer de piel no melanoma llegan a duplicarse o triplicarse en ambos sexos durante el periodo estudiado. Si miramos hacia el futuro los autores prevén que la incidencia de cáncer de piel (melanoma y CCNM) siga aumentando en la población de raza blanca. Atribuyen estos resultados a que las medidas de protección primaria están fallando, son insuficientes o que aún no ha llegado el momento de evaluar su eficacia.

En mi opinión, las medidas actuales de protección frente al sol deberían ser suficientes para evitar el aumento de cáncer cutáneo, sobre todo teniendo en cuenta el punto de partida: en 1978 los filtros solares existentes en España eran de una protección muy baja, sólo protegían frente a la radiación UVB y, en las estanterías de farmacias y perfumerías, eran minoritarios frente a los bronceadores cuya finalidad era justamente la contraria, incrementar el efecto del sol sobre la piel para alcanzar un bronceado más rápido y más intenso. Por otro lado, la protección mediante métodos físicos (ropa, sombreros, gafas de sol) en aquel entonces era prácticamente inexistente y, al menos, mucho menos eficaz que la actual, habiendo desde entonces mejorado mucho tanto la tecnología de los tejidos como la eficacia protectora de los cristales y el diseño de las gafas de sol. Entonces, ¿Cuál es el problema?. ¿Por qué se pone de manifiesto su insuficiencia para frenar el cáncer cutáneo?. Podríamos apuntar varias posibilidades: La primera que se me ocurre, a la vista de los datos expuestos al inicio de este artículo, es que la protección solar se utiliza poco y mal. La utilización de sólo una unidad de filtro solar por persona y año es totalmente indicativa de lo poco que se utilizan los filtros solares en relación a la insolación que recibimos. En cuanto al cómo, sólo hay que fijarse en la cantidad de personas que al llegar a la playa o a la piscina lo primero que hacen es aplicarse un filtro solar, lo cual ya indica que no lo han hecho previamente. Además, normalmente se lo aplican de prisa y corriendo, sin prestar atención a la cantidad aplicada  ni a la homogeneidad de la aplicación en toda la superficie expuesta al sol, por lo que se explica la aparición de quemaduras con formas caprichosas, consecuentes a la deficiente aplicación.

Por otro lado, el hecho de seguir viendo personas con quemaduras extensas nos indica que o bien no se han aplicado ningún filtro o bien el que se han aplicado no era el adecuado para su piel o para la exposición a la que iban a someterla. Hay que tener en cuenta que la utilización de un filtro solar es consecuencia, teóricamente, de estos dos factores: la sensibilidad de la piel de cada persona al sol, determinada por el fototipo de cada individuo (y modificable, por ejemplo, en función de los medicamentos que se pueda estar tomando o por determinadas patologías que aumentan su sensibilidad), y el tiempo que pretende  estar expuesto a la radiación solar. Es decir, que la pregunta que uno debiera hacerse es: ¿qué filtro debería utilizar si voy a ir dos horas a la playa y  me empiezo a poner rojo a los 10 minutos (por ejemplo) de estar expuesto al sol? El resultado nos indica que, en este caso con un factor 15 debería tener suficiente para estar protegido, siempre y cuando me lo aplicara correctamente y en la cantidad adecuada. Pero, en realidad, en muchas ocasiones la pregunta que nos hacemos, es ¿Cuánto tiempo podré estar expuesto sin quemarme si utilizo un factor…?. Matemáticamente la pregunta es muy similar a la anterior, pero psicológicamente son preguntas totalmente opuestas. En el primer caso la finalidad es protegerme durante un tiempo preciso en el que voy a estar expuesto al sol y, consecuentemente, para asegurarme  probablemente usaré un filtro solar de mayor protección que el resultado matemático de la división. En cambio, en el segundo caso la actitud es inversa, me interesa el tiempo máximo que podré estar expuesto con el filtro del que dispongo, por lo que es muy fácil que lo alarguemos y, si como pasa habitualmente, nos aplicamos menos cantidad que la teórica, el resultado inevitable es una quemadura solar. Dicho de otro modo, la medida protectora, el filtro solar, es ineficaz en parte por el modo en que hemos conceptualizado su utilización.


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No hay que olvidar otros factores como pueden ser: ¿como y cuando me aplico el filtro solar?, ¿con qué frecuencia me lo reaplico y como lo hago?, ¿utilizo el filtro solar adecuado para la actividad y las circunstancias en las que voy a estar expuesto? Y no me refiero aquí al factor de protección sino, esencialmente, al excipiente del filtro solar: ¿es resistente al agua y a la sudoración?, ¿permite una aplicación adecuada para alcanzar la protección deseada?.

Todas estas preguntas nos las hemos ido haciendo repetidamente en esta misma sección y no quiero dejar de recordar que un filtro solar debe aplicarse entre 20 y 30 minutos antes de la exposición solar, de un modo generoso (2 mg/cm2) y uniforme si queremos alcanzar la protección nominal  anunciada en el envase. Además, aun siendo muy resistente al agua, es conveniente reaplicarlo sobre la piel seca  transcurridas dos horas de exposición, en el supuesto de que ésta se vaya a prolongar.

Y para acabar, una última pregunta: ¿el filtro solar escogido me protege de lo que debe protegerme? Parece una perogrullada, pero uno cree que, al menos los profesionales sanitarios que recomendamos filtros solares, debemos hacérnosla permanentemente, porque no todos los filtros solares son iguales, ni tienen el mismo espectro de protección ni protegen también contra los efectos invisibles de la radiación solar, aquellos que más importancia tienen en el desarrollo de un cáncer de piel inducido por la radiación UV. En más de una ocasión hemos discutido como debe ser un filtro solar desde el punto de vista de la formulación y, si miramos los productos que se encuentran en el mercado, he de decir que todavía hay muchos, demasiados, que están constituidos sólo por uno o varios ingredientes filtrantes y un excipiente más o menos afortunado. No aparecen, ni por asomo, en su composición ingredientes destinados a ofrecer una protección biológica frente a las alteraciones moleculares inducidas por la radiación UV y responsables de los mayores males que ésta nos produce,  y que, siendo dramáticos, podemos personalizar en el cáncer de piel pero que, siendo frívolos, podemos quedarnos en sólo el envejecimiento cutáneo fotoinducido. Además, si los contienen, difícilmente se nos ofrece una demostración de su eficacia protectora frente a estos efectos invisibles.

No hay que olvidar que, en muchos casos, la diferente capacidad protectora frente al eritema que observamos en la práctica entre distintos productos formalmente iguales se debe al excipiente, de modo que excipientes más fluidos tienden a ser aplicados en menor cantidad por unidad de superficie y, por tanto, la protección obtenida será menor. Además, un excipiente poco resistente al agua hará que sea fácilmente eliminable por el baño o, simplemente por el sudor, y en consecuencia, su capacidad protectora disminuirá dramáticamente por ello.

La buena noticia de este año es que, por fin, en breve tendremos nuevos métodos in vivo para determinar tanto el factor de protección solar como la protección frente a la radiación UVA que serán obligatorios para todos los productos comercializados en la Unión Europea. De este modo disminuirán, que no desaparecerán, las  diferencias que frecuentemente observamos entre protectores solares con el mismo, o similar, factor de protección. Queda para el futuro, esperemos que no muy lejano, la estandarización de los métodos in vitro y de aquellos destinados a la evaluación de la protección frente a la inmunosupresión fotoinducida.

En conclusión, podemos decir que el principal problema de la protección solar no está en la protección en si misma sino en cómo se utiliza. Por ello los farmacéuticos, y los médicos, debemos insistir en la correcta utilización de las medidas protectoras y recordar que en España la protección solar no debiera ser una medida estacional veraniega sino de todo el año, especialmente en aquellas regiones meridionales en que la irradiación es intensa durante todo el año. Los científicos, tanto clínicos como de laboratorio, están estudiando con éxito no sólo los efectos del sol sobre la piel a nivel molecular, sino también cómo mejorar los mecanismos protectores. Esperamos que el éxito de sus resultados se traduzca en la práctica en una mejor protección, que la crisis económica que nos afecta no induzca a una menor utilización de los protectores solares y que dentro de unos años podamos referir una disminución de la incidencia de los cánceres cutáneos asociados a la exposición solar. •

Dr.Miquel Carreras Coma

Doctor en Farmacia. Barcelona 

Referencias

[1] IMS. Datos Diciembre 2010.

[2] Aceituno-Madera, P., Buendia-Eisman, A., Arias-Santiago, S. & Serrano-Ortega, S. (2010) Evolución de la incidencia de càncer de piel en el período 1978-2002. Actas Dermosifilogr 101 (1): 39-46

[3] Avilés, J.A., Lázaro, P., Lecona, M. (2006) Epidemiología y supervivencia del melanoma cutáneo en España: estudio de 552 casos (1994-2003). Rev. Clin. Esp. 206: 319-325.

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