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Quizás no le prestamos la debida atención hasta que nos afectó al rendimiento económico, pero ya todos somos conscientes de la situación. No se trata de una crisis económica pasajera que podrá superarse, sino de nuevos tiempos que hay que encarar olvidando la nostalgia de épocas pasadas y sabiendo que un enorme tanto por ciento de la dirección que tome el proceso está en nuestras manos.
En la formulación magistral también estamos en plena catarsis, la diferencia es que el proceso fue en parte provocado por cambios en la Legislación y en parte por los propios formulistas; buena parte fue orquestada por nosotros bajo la premisa que más nos valía hacerlo nosotros que esperar a que nos hicieran los deberes.
El hecho de incitar un cambio no asegura resultados, pero al menos amortigua la sensación de ir a remolque y deja cierto margen de maniobra para llevar la iniciativa. El destino final de la formulación es una incógnita, porque entre lo que creemos que debe ser y lo que en realidad es, media un buen trecho lleno de opiniones externas que lo dificultan todo. Pero tenemos bien claro que el camino del cambio incluye, entre otras cosas, la comunicación directa entre el médico prescriptor y el farmacéutico.
Esa comunicación directa entre profesionales, junto con la calidad en la elaboración, es el motor de todo, y aunque suena muy bonito y muy filosófico, la realidad es que está sembrada de minas.
Minas como que algunos farmacéuticos entendieron en el pasado esa comunicación como una “subvención a la prescripción”, como un mercadeo de intereses; y, aunque no fue en modo alguno práctica tan extendida como se piensa, estos pocos y alegres estimuladores de la receta consiguieron dar cierto tufo mercantil (en el peor sentido de la palabra) a una reunión entre médicos y farmacéuticos.
Minas como la tradicional reticencia del boticario a salir de su farmacia y exponer o compartir su experiencia con los demás.
Minas como legislaciones desarrolladas por quien en su vida estuvo en un pequeño laboratorio de Oficina de Farmacia ni entiende la singularidad de la formulación magistral.
Y más minas que seguirán surgiendo a lo largo del camino y que ahora ni nos imaginamos. Pero ni el farmacéutico que busca la rentabilidad con atajos, ni la tradicional reserva de los boticarios, ni el legislador que parece estar en otro mundo, ni los nuevos problemas que vendrán, tienen la culpa de todo, ni nos pueden servir de excusa para esperar sentaditos en casa la lluvia de maná.


El camino incluye la comunicación con el prescriptor y la razón es obvia: no sabe que existe la opción de individualizar los tratamientos. Así que podemos esperar a que cambien planes de estudios en Universidades o, mejor, nos encargamos nosotros de hacérselo saber. Decirle que no hay que adaptar al paciente a lo que en ese momento haya en el mercado y que se puede hacer al revés.
Esta comunicación entre farmacéutico y prescriptor se debe fomentar a distintos niveles: particular, de asociaciones, comunicaciones orales y escritas, puesta en común y, sobre todo y como condición indispensable, comunicación que apunte hacia el paciente.
Para andar ese camino se creó el proyecto Fórmula 2015, cuyos contenidos ya se han divulgado desde esta y otras muchas secciones y cuya labor sigue llegando a congresos.
El último contenido presentado ha sido en el Congreso de Atención Farmacéutica de Bilbao, donde Edgar Abarca y Diego Marro (ideólogos del Fórmula 2015) han presentado en varios pósters su trabajo de comunicación entre profesionales.
Los trabajos en cuestión versaron sobre criterios de alerta en pacientes que precisan de medicamentos individualizados y los resultados de la comunicación médico farmacéutico.
Los trabajos de estos dos compañeros están colgados en la web de AEFF (www.aeff.es), descargables para cualquiera, con permiso para ser divulgados por todo aquel que lo considere oportuno, y vienen a plasmar en cifras una realidad que iniciamos hace años y de la que no queremos separarnos.
Esto en cuanto a formulación de medicamentos individualizados, formulación magistral. Lamentablemente la realidad de la farmacia española es muchísimo más compleja y precisa de muchas más acciones, empezando por la puesta al día de los pagos que se adeudan a tantísimos boticarios, pero estamos convencidos que buena parte del futuro pasará por acciones emprendidas por farmacéuticos de a pie, no sólo por sugerencias de Colegios y Consejos.
Así empezamos en la formulación y ya tenemos datos para cuantificar. El que quiera echarle un vistazo al trabajo de Edgar Abarca y Diego Marro lo tiene a tiro. Vaya por delante que nuestra intención es compartir. Y por supuesto animar a cualquier colectivo de farmacéuticos que organice cualquier acción que haga que su saber se conozca fuera de su farmacia. Todos saldremos ganando. •

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