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Muy arriba en mi lista de expresiones desafortunadas pendientes de reformular está el famoso “uso compasivo” y, sabiendo que compasivo viene de compasión, me resulta llamativo usar la compasión para medicar, en un ejercicio de clemencia o misericordia con el enfermo.

Supongamos el diálogo: señor X, usted tiene una enfermedad rara,  por lo que no es rentable que nadie investigue su patología, además está muy grave pero yo, magnánimo de mí, voy a tener compasión con  usted y le voy a permitir que se medique con otro fármaco, no autorizado para su enfermedad, pero  que parece haber dado ciertos resultados… Esto es lo que yo imagino  cuando escucho lo de uso compasivo. Más nos valdría denominar a este acto basándonos en la dignidad del paciente y no en nuestra compasión.

Otra expresión  digna de elogio es el famoso “vale de tóxicos” que aun suena en boca de algunos. Supongo que se denominaron  tóxicos porque eran  sustancias muy potentes y podían dar lugar a graves problemas en caso de sobredosis, razonamiento que debe aplicarse a todos los fármacos, puesto que todos mal usados causan problemas. Pero resulta que alguien consideró que  los estupefacientes eran  tóxicos y se les quedó el nombre. Estupendo. Paracelso estaría encantado.

Siguiendo el hilo tenemos una coletilla que empieza a ser muy popular, es el caso de la “marihuana medicinal”, esa que se utiliza para tratar dolencias y paliar síntomas…

Es lógico pensar que si existe una marihuana medicinal, debe haber  otra lúdica, otra sedante, otra terrorífica,  otra visionaria, una perjudicial y muchas más… digo yo.  La marihuana es marihuana  (y no creo me den  el Nobel de Química por esta frase),  es el uso que le demos lo que determina si su efecto es perjudicial o beneficioso,  así que “marihuana medicinal” es lo mismo que decir “cuerda beneficiosa”, porque saca un cubo lleno de agua de un pozo, y “cuerda mortífera”, porque de ella pende un ahorcado. Que yo sepa la cuerda es cuerda (segundo Nobel). Sin más.

Pero  la palma nos la llevamos manejando idiomas, y es que la famosa “medicina basada en la evidencia” es una expresión digna  del Friso del Partenón. Se llama medicina basada en la evidencia por una traducción bastante creativa de “evidence”.

El problema es que en inglés evidence -como todos los seguidores de CSI saben- significa prueba; y evidencia y prueba no es lo mismo. Reconozco que me encantan estas traducciones, y  sugiero encarecidamente desde aquí que los que hablan de medicina basada en la evidencia, para seguir con este simpático juego, llamen carpetas a las alfombras o concreto al cemento. Está claro que una cosa es traducir mal (o rematadamente mal como  “atención farmacéutica”), pero hacerlo por similitud fonética tiene su gracia, aunque  puede que algo así sea el idioma del futuro.

Aparte de traducciones y expresiones infames, tenemos el mundo de las palabras comodín que copan todas las conversaciones y a fuerza de uso uno llega a odiarlas.  Cada sector de la farmacia tiene el suyo, no se escapa nadie, así que no se ofendan que sólo es autocrítica, no hay que darle importancia, pero miren: los farmacéuticos hospitalarios no pueden vivir sin la palabra conciliación; su mundo es por y para la conciliación, cada ponencia de sus congresos lleva la palabrita lo menos 10 veces. Es su talismán, su comodín y su leitmotiv. Conciliémonos todos.

Los asiduos a cursos y charlas farmacéuticas hemos descubierto que la expresión “adherencia al tratamiento” es la mejor forma de explicar que los tratamientos, en especial los crónicos, no deben ser interrumpidos. Adherencia, que bonita visión poética tuvo el que inventó la expresión, mucha adherencia a los tratamientos. Adheridos estamos todos a esta expresión que ya  empieza a cansar.

¿Y qué me dicen de las palabras natural y químico? No me negarán  que es una  buena forma de separar  las maravillas de la naturaleza en estado puro y el maligno que elabora la industria a base de procesos dignos de Mordor. ¿Pero esto es natural o es químico?
Pero el record de uso, la nueva reina de la farmacia española, la que no falta en cualquier publicación, declaración o entrevista es: ASISTENCIAL.  Prueben a leer cualquier texto de gerifalte sanitario o sub-vocal de vete tú a saber qué, cualquier conversación de político de primera o de última fila, en todas encontrarán “asistencial” aderezada, como no, con la palabra calidad al lado. “Calidad asistencial” es  el nuevo mantra farmacéutico. Repitámoslo una y otra vez y nos sentiremos en feliz armonía con el universo.

Y en estas estaba para acabar el artículo, argumentando sobre el valor terapéutico de  reírnos de nosotros mismos, y mi disculpa por si a alguien no le gustan los comentarios sobre su jerga, cuando descubro que en la Real Academia Española se decidió hace años que el significado de la palabra curiosidad era este: deseo de saber o averiguar alguien lo que no le concierne y, en segunda acepción: vicio que lleva a alguien a inquirir lo que no debiera importarle.

Así tenemos que la  curiosidad, en lugar de ser  afán o deseo  de conocimiento y, si me apuran,  uno de los pilares de la Ciencia,  resulta que según estos ilustrados que nos marcan el camino es meterse donde a uno no le llaman. Genial.

Busquen en el DRAE y verán la definición. Esto sí que tiene gracia. •

 

Martín Muñoz Méndez
Vicepresidente de AEFF

 

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