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Formulación Magistral | Quijotes de la ciencia frente a la mediocridad

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Puntualsenna

Un panorama desolador
Leía hace un tiempo, entre el estupor y la esperanza, una entrevista a la Dra. María Blasco, directora del programa de oncología molecular del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) y referente internacional en la investigación contra el cáncer, en la que con cierta ironía contaba la precaria situación que viven los científicos españoles.
Da que pensar que cientos de “famosetes” ganen por mostrar las vergüenzas en una noche de telebasura lo que a nuestra doctora le cuesta todo un año, y evidencia que algo no funciona del todo bien en este país cortoplacista, resacoso de ladrillos, con lo vulgar como denominador común y la estulticia instaurada en casi todos los niveles.
El impacto de la investigación de calidad en el desarrollo económico de la sociedad es, hoy más que nunca, determinante, y nos debe hacer reflexionar acerca de qué país queremos ser, el de la horterada y lo aparente o, por el contrario, apostar por un modelo serio que ya empieza a dar resultados en países vecinos también tocados por la crisis.
Esos países jugaron sus cartas desde hace tiempo apostando por la capacidad de innovar como motor de su economía mientras nosotros optábamos por el modelo del ladrillo como panacea de un negocio redondo y cuyas consecuencias se han traducido en unos recortes de la inversión pública en I+D+i sin precedentes (en torno al 25%, lo que nos remonta a cifras del año 2005), y uno de cuyos peores momentos se vivió con los despidos masivos de científicos del CSIC, buque insignia de la investigación en este país.
Al margen de los despidos recientes, durante los años de aumento de la inversión en investigación, ésta no fue en absoluto proporcional a los recursos de nuestros investigadores, los hidalgos que este país siempre ha dado, que siguieron en condiciones de segunda, tirando del carro con talento y grandes dosis de imaginación.
El Dr. Josep Baselga, director médico del Memorial Sloan-Kettering Cancer Centre de Nueva York, hospital de referencia a nivel mundial en oncología, afirmaba en una de sus últimas entrevistas que “los recortes del Estado español están siendo dramáticos, y es una pena porque España en los últimos 15 años y con pocos fondos había logrado lo que llamamos el milagro español de la ciencia: nuestra contribución científica había subido muchísimo y estaba muy presente en todos los foros internacionales. Ha sido una vuelta atrás, y van conseguir que quienes estén dotados para la ciencia no se sientan atraídos”.

El milagro español: descanse en paz
Pero ese milagro económico se ha esfumado, quedando sepultado bajo unos datos estadísticos sólo propios de los países tercermundistas: 6 millones de parados, un 52% de desempleo juvenil, niveles de fracaso escolar que rozan el 30% e índices de corrupción política intolerables.
Como todos bien sabemos, España se sitúa por debajo de la Unión Europea y Estados Unidos tanto en la relación PIB/habitante como en las tasas de empleo y salarios. Sin embargo, esas cifras no son simple casualidad; una de las múltiples razones reside en nuestra pobre política educativa e investigadora, basada en destinar a dichos ámbitos las migajas presupuestarias (actualmente menos del 1.4% del PIB).
Nuestra incapacidad patológica para absorber y retener talento es un cáncer que nos mata lenta e indefectiblemente. Un país que se dedica a formar y exportar investigadores de primera talla mundial pero que no es capaz de conservarlos, o lo que es peor, de no dar garantías para que puedan volver, es una tierra que está irremediablemente abocada al fracaso.
Los científicos Joan Massagué, Carlos Cordón así como el joven arquitecto Alejandro Zaera, decano de la escuela de arquitectura de Princeton, son el paradigma de nuestra grave dolencia. Como dice el Dr. Valentín Fuster, otro de nuestros emigrados de lujo, “el peligro no es que la gente se marche, sino que el país no les ofrezca la posibilidad de volver”.

Recuperamos la cordura
El crecimiento económico no puede llevarse a cabo si seguimos gastando más de lo que ingresamos. La locura del modelo de las autonomías y su voracidad por el despilfarro nos ha llevado a unos niveles de endeudamiento inconcebibles. Tenemos sobredosis de fundaciones, consejos autonómicos, mancomunidades y organismos absurdos llenos de políticos “profesionales” que consumen una enorme parte de nuestros recursos a cargo del erario público.
Es evidente que este sarao es inviable y que estamos en la obligación de invertir en lo que realmente es necesario. Es el momento de abandonar nuestros malos hábitos, dejar de auto compadecernos por unos tiempos mejores que ya no volverán y recuperar la cordura.

Pacto universidad-empresa: una apuesta necesaria
Esta crisis sólo conoce una medicina: muchas dosis de innovación y conocimiento. El principio activo debe ser necesariamente una universidad rehabilitada, generadora de más profesionales especialistas (y menos generalistas) que aspire a alcanzar unos niveles de excelencia sin complejos.
Con un número de universidades similar al de Alemania y un paro que cuadriplica al suyo, España cuenta con demasiados centros clonados que ofertan idénticos títulos académicos a pesar de que ¡algunos de ellos ronden los 10 alumnos por curso!
Hemos creído que cantidad era sinónimo de calidad, y que una mayor oferta garantizaría unos profesionales más competentes y preparados. Pero la experiencia nos muestra más bien todo lo contrario: el crecimiento no mejora la educación, sino que una educación de excelencia mejora el crecimiento.
Los proyectos de colaboración universidad-empresa privada son el camino por el que España puede crecer, constituyendo así una de las sendas hacia la recuperación económica. Esto no debe significar la privatización de la universidad, pero en tiempos de recesión donde ésta ha sido abandonada a su suerte por el sector público, deben reformularse posibilidades en las que los diferentes centros sean sostenibles a cambio de talento. Ese feed-back no es nada nuevo; Harvard, Stanford o Yale, con una financiación mayoritariamente privada, ofertan a la sociedad los mayores talentos y líderes en multitud de ámbitos.
Las empresas deben decir qué tipos de profesionales precisan y destinar fondos para que la universidad pueda formarlos al máximo nivel. Por su parte, las universidades deben recoger el testigo, preparar a expertos y convertirse en centros autónomos que puedan ser competitivos entre ellos; los estudios muestran que a mayor competitividad mejores resultados.


Sí a la profesionalización de la política, no a los políticos “profesionales”
Estamos en la obligación de mentalizarnos que nuestra clase política (la misma que está convencida de que el camino de la salvación pasa por el saqueo fiscal de los ciudadanos), no nos va a sacar del hoyo donde todos nos hemos metido solitos; por eso reivindiquemos una menor cantidad de obstáculos en el camino y la profesionalización de nuestra clase dirigente.
Vamos a tener que ser el resto de la sociedad los que arrimemos el hombro, tiremos de imaginación y talento (que lo hay) y exijamos al político que nos deje desarrollar nuestras ideas con facilidad y sin absurdas trabas administrativas. Esta crisis debe constituir una lección de vida, una fórmula magistral para crecer como sociedad y país, para aprender de los enormes errores que hemos cometido y volver a partir de cero.

Confiemos en nosotros mismos
De hecho, pese a la sinrazón de un modelo educativo catastrófico en el que la investigación científica ha quedado relegada a la mera anécdota, España presenta niveles de producción científica superiores a su financiación, demostrando una vez más, la labor titánica de nuestros Quijotes de la Ciencia.
El Dr. Ramón Cacabelos en sus investigaciones en la vacuna contra el Alzheimer, la incansable Dra. Margarita Salas o los jóvenes Simón Méndez–Ferrer, Óscar Fernández-Capetillo, Rocío Sotillo y José Luis Garcí­a Pérez, seleccionados el pasado año por el prestigioso Instituto Médico Howard Hughes (EEUU) por su talento y su trayectoria, y que recibieron un premio de 650.000 dólares para poder financiar su trabajo, son algunos de ellos.
Es innegable que contamos con profesionales de enorme talento a la par de una imaginación desbordante. La sociedad debe exigir que estos profesionales se queden con nosotros. De ellos nos va la lucha contra la enfermedad o el futuro de nuestros hijos. En definitiva, el empeño en ser mejores.
Como la Dra. Sánchez-Ramos, investigadora española y Medalla de Oro del Gran Premio de Invenciones de Ginebra sentencia: “España será en el futuro, lo que seamos sus investigadores”. •

Edgar Abarca Lachén

Profesor de Formulación de Medicamentos Individualizados.

Universidad San Jorge Director Técnico-Científico de AEFF

Vocal de Formulación Magistral COF Huesca

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