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Nutrición | ¿Podemos prevenir el temido cáncer?

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Desde la segunda revolución industrial (al final de la Segunda Guerra Mundial) y con las mejoras técnicas que han permitido el desarrollo de las sociedades modernas (fertilizantes químicos para preservar las cosechas, pinturas plásticas para aislar los edificios, engorde de ganado para abastecer a la población, etc.), la incidencia de cáncer ha aumentado de manera exponencial. No nos llevemos a engaño: el cáncer es una patología tan antigua como la Historia de la Humanidad. Ya en el papiro de Ebers en Egipto se documentan casos de cáncer, y a lo largo de la Historia de la Medicina ha sido una constante como causa de morbi-mortalidad. Ahora bien, lo que llama poderosamente la atención es la explosión de casos a partir de la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del presente XXI.

Lamentablemente, España está a la cabeza de casos nuevos de esta patología prevenible en muchos casos. Y decimos prevenible porque tan sólo el 6% de los cánceres tiene una base genética demostrable. Lo preocupante es que se están destinando más del 90% de los recursos de investigación a cánceres genéticos (y es una noticia fabulosa ciertamente) pero se dedican muy pocos recursos a estudiar las causas prevenibles del resto de casos. Por supuesto que es necesaria la investigación genética, pero también lo es el poder dilucidar el origen de aquellos tumores que son fruto de factores ambientales (radiaciones electromagnéticas, contaminación ambiental, hormonas usadas como medicamentos o fertilizantes en las cosechas, etc.).

 

 

Cuando hablamos de prevención, debemos distinguir dos tipos: la primaria y la secundaria. Esta última hace referencia a la detección precoz de un tumor ya existente en el cuerpo pero todavía sin manifestaciones clínicas. Para ello los programas sanitarios de las diversas administraciones propugnan la realización de una serie de pruebas a la población con el objeto de detectar lo más precozmente posible tumores en estadios muy iniciales (colonoscopias, autoexploración mamaria, revisiones ginecológicas, test de sangre oculta en heces, etc.). Sin embargo, ¿no sería más deseable prevenir su aparición? Esto es lo que hace la prevención primaria: en este caso no se trata de detectar un tumor pequeñito, sino de EVITAR la aparición de cualquier tumor. Esta es en suma la auténtica prevención, la que previene (la secundaria tan sólo alerta cuando ya ha surgido un cáncer en un estado muy inicial). Dado que todos conocemos los efectivos y necesarios programas de prevención secundaria, quien escribe estas líneas, y en base a su experiencia como médico de familia durante más de 20 años, se va a centrar en proporcionar unas recomendaciones muy básicas y sencillas (pero científicamente rigurosas y serias) que viene pautando a sus pacientes.

Siguiendo los pasos de autores reconocidos, como la Dra. Odile Fernández o el Dr. David Servant, podemos llegar a la conclusión de que los pilares básicos, aparte de evitar las radiaciones ionizantes y electromagnéticas, son tres: dieta, ejercicio físico y positivismo personal.

 

1. Dieta

Punto vital del tratamiento, ¡somos lo que comemos! Al alimentarnos, se nutren tanto las células sanas como las tumorales. En consecuencia, hay que evitar aquellos alimentos “preferidos” de las células cancerígenas para que éstas fallezcan de inanición. ¿Cuáles son estos alimentos? Principalmente las grasas. Ello es debido a que estas células son metabólicamente muy activas y consumen cantidades ingentes de energía. En efecto, los nutrientes más energéticos son las grasas, y por ello constituyen el alimento preferido del cáncer. Deben evitarse tanto las grasas visibles (mantequilla, grasa de la carne, embutidos…) como las invisibles (contenidas en el pan de molde, helados, foie, etc.). También deben evitarse sustancias que per se presentan propiedades pro-cancerígenas: aditivos alimentarios, carne roja, ahumados… conservantes químicos principalmente. Es por esto que debe evitarse a toda costa embutidos, productos enlatados, envasados, briks, alimentos precocinados. Por otra parte no basta con privar a la célula tumoral de sus alimentos preferidos, sino también de que las células sanas tengan armas con las que defenderse del ataque de estas células. Para ello están los antioxidantes naturales (cuidado, no tienen el mismo efecto si se consumen en forma de cápsulas o similar). Entre los mismos destacan el tomate (por los licopenos), frutos rojos (fresas, frambuesas, arándanos, cerezas, mirtillas…), el brócoli (un potentísimo anticancerígeno), los espárragos, champiñones, el té verde (no el té negro), y buena noticia, ¡también el chocolate negro! (a condición de que su concentración de cacao sea como mínimo del 85%). Junto a estas premisas no hay que olvidar que todos los productos lácteos están literalmente “hormonados” (pues para aumentar la producción de leche de las vacas las someten a tratamientos específicos) y en consecuencia casi toda la leche que consumimos está contaminada por hormonas. Dichas hormonas son sustancias pro-cancerígenas y persisten tanto en la leche, como en el queso o el yogurt. ¿Qué hacer pues? Si se tiene la suerte de conocer algún productor de leche ecológica, ¡estupendo!, pero tampoco conviene abusar debido a la grasa natural que contiene. Por último, el azúcar es un potente oxidante, y está demostrado que también alimenta el cáncer. Debemos pues evitarlo a toda costa. Es preferible consumir un poco de azúcar si no queda más remedio que emplear edulcorantes tipo sacarina o ciclamato (su empleo es muy controvertido, se ha demostrado que produce más perjuicio que beneficio). Una buena alternativa lo constituye el Sirope de agave y también la Stevia. Todo esto debe completarse además con anticancerígenos naturales, como la vitamina D (previene y además frena el cáncer de mama, próstata, colon y piel).

 

 

Todos estos datos empíricos están basados en serios estudios científicos realizados en animales y en laboratorio, con mediciones de metabolitos y demás sustancias,  y lo más importante, con una reducción del tamaño de los tumores tanto en animales como en humanos. Y es que, como se ha comentado,  hasta el siglo XIX la tasa de cáncer en todo el mundo se mantenía constante (siempre ha existido esta enfermedad), pero es  a partir de la segunda revolución industrial del siglo XX (la industria petroquímica de los fertilizantes, abonos, pinturas, disolventes, vinilos, pvc y otros) cuando la tasa de cáncer aumenta exponencialmente en todos los países industrializados. De ahí la importancia de consumir productos ecológicos (aunque son todavía muy caros), evitar la leche, pintar las casas con productos naturales, lavar la ropa con detergentes naturales y ecológicos, evitar insecticidas y desodorantes con aluminio (un buen desodorante consiste en mezclar agua con bicarbonato sódico), no emplear ollas y sartenes de cocina con teflón o aluminio (una buena opción son el acero inoxidable, el hierro, la aleación de titanio con cerámica), ventilar muy bien la ropa cuando llega de la tintorería, y por supuesto no fumar (aunque a mis impacientes pacientes que se “mueren” si les quito el tabaco, les “dejo” fumar con una condición: cada cigarrillo debe ser tabaco natural puro, envuelto en papel ecológico sin colorantes blanqueadores y con filtro natural, de modo que la bromita de fumarse un solo pitillo puede llegar a costar entre 3-4 euros, es decir, lo que cuesta un envase de 20 cigarrillos manufacturados…. Muchos lo hacen pero reconocen que lo que les lleva a fumar no es el tabaco en sí, sino la adicción de las sustancias que contiene, benzopirenos principalmente). Como resumen podemos incluir las siguientes listas:

Alimentos prohibidos:

  • Carne roja (ternera, buey, cordero, cabrito): a consumir únicamente una o dos veces al mes!!!
  • Lácteos: fuente de grasa y hormonas (como alternativa la leche de avena o de arroz, no de soja, ya que la mayoría es transgénica y además contiene fitoestégenos naturales, por lo que en principio está contraindicada en mujeres).
  • Azúcar: por su poder oxidante y fuente energética del cáncer (como alternativa se puede edulcorar con Sirope de Agave).
  • Grasas: de toda especie, tanto las visibles (mantequilla, nata, crema de leche, grasa de la carne, embutidos) como las invisibles (contenidas en helados, pan de molde, bollería, hojaldres, galletas -incluidas las de régimen-). Hay que consumir poca grasa y que además sea de buena calidad, la mejor es el aceite puro de oliva, el jamón ibérico (la carne de cerdo en principio está “prohibida” por el elevado contenido en colesterol y ácido mirístico -una grasa peligrosa donde las haya-, pero cuando a los cerdos se les alimenta con bellota no producen ácido mirístico en sus tejidos sino ácido oleico -el mismo que el contenido en las olivas- y por ello al jamón ibérico en el argot médico le denominamos un “Olivo con patas”).
  • Productos enlatados, envasados, congelados y procesados: debido a que les adicionan conservantes químicos, emulgentes, espesantes, colorantes, saborizantes, edulcorantes, etc. peligrosísimos (todo producido por la industria química), amén además de los propios envases (latas de aluminio, envases briks y plásticos derivados del petróleo).
  • Cubos de caldo, sopas de sobre y similares: por la misma razón que lo anterior.

Alimentos aconsejables:

  • Pescado: contiene sustancias cardiosaludables  (un tipo especial de ácidos grasos) y proteínas de elevado valor biológico. A pesar del posible contenido en mercurio por contaminación marítima, su consumo sigue siendo aconsejable, pues sus ventajas  superan con creces esta mínima contaminación.
  • Frutas y verduras: frescas, ecológicas, sin fertilizantes químicos y además multicolores. En efecto, las de color rojo y verde intenso son potentes antioxidantes y conocidas anticancerígenos naturales. Destacan por su potencia: brócoli, espárragos, tomates, frambuesas, cerezas, fresas, etc.
  • Pan de levadura madre y ecológico: evitar a toda costa el pan muy blanco (son harinas blanqueadas con bromato potásico, percloratos y otras sustancias que nos comemos 365 días al año unas 3-4 veces al día, haced la multiplicación).
  • Guisos, vapor, horno: es preferible esta forma de cocinar y evitar el exceso de comida a la plancha. En este segundo caso se generan micropartículas de carbón (esos puntitos negros que vemos en la carne o el pescado) que interacciona con las proteínas y forman nitrosaminas, unos potentísimos cancerígenos, principalmente para todo el tubo digestivo. Además la comida debe ser muy variada, evitando fritos y rebozados (por las razones antes esgrimidas).
  • Leche de avena, arroz y otros vegetales como sustituta de la leche de vaca.
  • Sirope de agave o stevia como sustitutos del azúcar refinado (se puede consumir moderadamente azúcar moreno sin refinar ni blanquear y también miel).
  • Té verde: un potente antioxidante natural y con propiedades anticancerígenas muy bien documentadas
  • Especias: como la cúrcuma (potenciada con la pimienta es  un poderosísimo agente antitumoral), el jengibre, la canela, la vainilla y todas las plantas aromáticas (tomillo, orégano, romero, etc.). Son sustancias empleadas en la tradición oriental y se han demostrado sus efectos beneficiosos.

 

2. Ejercicio físico

  • ¿Por qué resulta importante? Porque por una parte se segregan endorfinas, pero por otra también sustancias naturales que literalmente matan las células cancerígenas (“Natural killer” en inglés).
  • ¿Cómo hacerlo? Evidentemente adaptado a las circunstancias personales de cada uno. Lo mejor es andar o caminar (no dar un paseo tranquilo) a un ritmo de unos 40 pasos/minuto para progresivamente incrementarlo (lo óptimo además para los cardiólogos serían 60 pasos/minuto, pero no es fácil llegar a esta velocidad de crucero si no se está acostumbrado a caminar).
  • ¿Cuánto tiempo? Lo ideal sería una hora seguida, y si se puede más, mejor, y repartir una hora por la mañana y otro rato por la tarde, evidentemente a horas apropiadas, sin exceso de frío ni calor y en ningún momento debe acusarse una sensación de fatiga o cansancio (en este caso deja de ser beneficioso). Si se tiene la suerte de poder practicar algún deporte (natación, tenis, etc.) pues mejor, pero no resulta obligado si no se tiene costumbre.

 

3. Positivismo y actividades lúdicas

Aunque en último lugar, no menos importante que los otros dos pilares. ¿Por qué? En teoría ninguna persona debería tener cáncer, y sin embargo ocurre. Aunque difícil de explicar, resulta fácil entender que el cáncer aparece por un desequilibrio en nuestro organismo: algo ha generado un desorden que el resto del organismo es incapaz de frenar, controlar y matar. El sistema nervioso está muy implicado en la génesis de este fenómeno: una actitud positiva, con ilusión, esperanza y serena permite mantener un equilibrio entre los neurotrasmisores que garantizan el correcto funcionamiento de nuestro sistema inmunitario y endocrino. Por el contrario, una actitud depresiva, el estrés crónico (¡ojo!, un estrés corto y positivo puede incluso ser beneficioso) negativo genera un aumento del cortisol (que conlleva a una inversión del ritmo de sueño, aumento de la insulina y sobre todo colapso del sistema inmunitario favoreciendo un caldo de cultivo sumamente atractivo para cualquier célula cancerosa). Se precisa pues fortaleza física, pero especialmente psíquica. Por eso también resulta vital tener algún hobby o actividad lúdica ilusionante (pintar, escribir, restaurar muebles, coser, hacer ganchillo, cocinar, etc.). Lo mejor es inscribirse en algún curso de algo que siempre apetecía hacer (de cocina, de baile, de lo que sea, pero que haga ilusión). Y por último, una intensa vida social: salir con amigos, hablar, ir al cine, conciertos… Son actividades que no sólo nos hacen sentir mejor sino que además activan unos circuitos neuro-endocrinos de propiedades altamente beneficiosas.

Parece fácil, ¿verdad? Pero, ¿realmente funciona? En mi experiencia profesional he vivido con satisfacción curaciones más rápidas. Si además de ayudar a curar, podemos prevenir, creo sinceramente que merece la pena. No es fácil cambiar hábitos, y sobre todo la dieta, porque familiarmente estamos muy arraigados a gustos y costumbres difíciles de modificar. Sin embargo, una vez “cambiamos el chip” y vemos que nos encontramos mejor en todos los sentidos, y que nuestra vida es más feliz y saludable, lo que nos costará un sacrificio será ¡volver a nuestros antiguos hábitos insanos! •

Dra. Mª Asunción Peiré García

 

 

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