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“En relación con los titulares de una Farmacia que tienen condición de farmacéutico es innegable que, al igual que otras personas, su objetivo es la obtención de beneficios. No obstante, dada su condición de farmacéutico de profesión, se supone que no explotan la Farmacia con un mero ánimo de lucro, sino que también atienden a un criterio profesional. Por lo tanto, su interés privado en la obtención de beneficios está mitigado por su formación (universitaria; agregaría yo), su experiencia profesional y la responsabilidad que les corresponde, ya que una eventual infracción de las normas legales o deontológicas no sólo pondrían en peligro el valor de su inversión, sino también su propia experiencia profesional.

A diferencia de los farmacéuticos, las personas que no tienen dicha condición carecen, por definición, de una formación, experiencia y responsabilidad equivalentes a la de los farmacéuticos. Dadas las circunstancias, procede señalar que no ofrecen las mismas garantías que los farmacéuticos.

Por consiguiente, a diferencia de las Farmacias explotadas por farmacéuticos, la explotación de una Farmacia por una persona que carezca de dicha condición puede ser un riesgo para la salud pública”.

 

Esto que acaban de leer en mi diario son palabras que no han salido de mi magín, sino que forma parte de la sentencia que el Tribunal de Luxemburgo dictó, hace algún tiempo, sobre el caso alemán.

¿Cómo se les queda el cuerpo a los que desconocían este texto? Imagino que les habrá salido del alma un “ÓLE” semejante al que le sigue a una media verónica de Morante de la Puebla.

Que un estamento de tal categoría nos reconozca el carácter de universitarios que hemos adquirido en la  Mater y Magistra no sólo con conocimientos científicos sino de ética, no merece otra cosa que la expresión tan española como visceral a la que en el párrafo anterior me refería.

Ahora con más intensidad cuando, intereses espurios, han puesto de nuevo en liza el tan manido como inaceptable tema de la liberalización de las Farmacias, que se puede resumir en que cualquiera pueda ser el propietario de una botica.

Hay que volver al viejo aforismo que dice: “Quien olvida su historia está obligado a repetirla”. Por ello esa reiterada obsesión mía por distinguirnos de cualquier comerciante al uso, adquiere especial vigencia en estos momentos tan cruciales que vivimos.

Vengo diciendo, últimamente, que si nuestro carácter eminentemente farmacológico está siendo vilmente socavado por los que ordenan y mandan, hay que, para sobrevivir, buscar otras vías como la Atención Farmacéutica y el cobro por acto de servicio. Como esto no es, por desgracia, una solución inmediata, hay que inclinar ligeramente la cabeza y buscar ingresos por otras vías, pero sin pasarse.

Cuando hago referencia al adagio anterior quiero dar un toque de atención a los compañeros que, cegados por el pronto beneficio, no hayan tenido la suficiente capacidad de aguante, y haciendo oídos sordos a los que advertíamos sobre lo que se nos venía encima, han convertido las boticas en auténticos supermercados al estilo de los drugstores anglosajones.

Si para vender aguas de colonia, perfumes, bastones, zapatos o gafas no hace falta ninguna cualificación, nosotros, de una forma suave, hemos comercializado productos de esta índole dignificándolos con los nombres de dermofarmacia, ortopedia u óptica oftálmica, para que la  dispensación de estos productos haya ido unida a un consejo, una advertencia o una sugerencia.

Las ventas cruzadas hechas comedidamente, y sin caer en el chiste del buen dependiente que termina vendiéndole un yate al que sólo iba a adquirir un anzuelo, me parece una estrategia lícita y ética, pero sin el desmadre que desde hace ya algún tiempo algunos compañeros han ejercido convirtiendo un centro sanitario particular de interés público en una vulgar tienda en la que además, se “despachan” medicamentos.

Porque si despedimos al cliente con la denostada frase de: “¿alguna cosita más”?, puede venir el tío Paco con la rebaja y decirnos que sí: que lo que quiere es que desaparezcamos del maldito mostrador y en él se ponga un vulgar dependiente. •

Olegario
Por la transcripción:
Pedro Caballero-Infante

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