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Artículos | Corren tiempos poco propicios para la Farmacia

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Soy consciente de que la carta que le envío, y que usted me ha contestado tan amablemente, es, como me dice, darle hecha la página de su diario.

La Farmacia que yo he conocido ha tenido tantas alternativas que no sé hasta que punto usted no se cansará de leerme.

Vendí mi farmacia hace unos años lo que me ha dado un aura de «casandra» de lo que disto mucho. Ha sido, fundamentalmente, el hecho de no tener descendencia.  Lo que para muchos compañeros no deja de ser un cansado aguante, con tal de que sus hijos «hereden» el negocio (¡qué poco me gusta esta palabra aunque cada vez sea más difícil de reemplazar!), para mí, en este caso, la ausencia de progenie, ha sido positiva.

Pero los más de cincuenta años tras el, como usted dice acertadamente «maldito mostrador», me da cierta autoridad para poder observar con perspectiva histórica lo que ha sido el devenir de la farmacia en estos cincuenta años que cumple la querida revista ACOFAR.

La llamada actualmente Atención Farmacéutica creo haberla ejercido desde que comencé al frente de la botica pero…¿la he ejercido bien?.

Yo disfruté, lo reconozco, más que sufrí, lo que hoy se ha dado en llamar el «boom» de la Farmacia. En los dorados años cincuenta y sesenta del pasado siglo vivimos una bonanza, lo digo con una sinceridad que no gustará a mis coetáneos, en que el balance trabajo/beneficio estaba claramente inclinado por este último.

Se había acabado lo del cliente eventual y particular. Se estaba extinguiendo la formulación magistral. Las recetas particulares tocaban a su fin y había aparecido este macrocliente llamado Seguro Oficial de Enfermedad.

Es indudable que vivimos días de vinos y rosas. Mal que bien nuestros stocks estaban adecuados a la demanda, los pagos se hacían puntualmente y yo fui notando, aunque parezca una paradoja, que, conforme mejor vivía, menor era necesaria mi actuación profesional.

Vivíamos, como ahora, de un margen comercial que a mí siempre me produjo miedo porque una profesión liberal y universitaria no debe estar circunscrita a unos márgenes sino a unos honorarios profesionales.

Antes he mencionado la Atención Farmacéutica y reconozco que, aunque creo que la ejercí, no era lo suficientemente profesionalizada y protocolizada que nos hiciese pensar (el que así lo hiciese se le tachaba por loco)  cobrar por ella.

He sido, en mis principios, farmacéutico rural y no me quejo. La dependencia permanente de mis pacientes y el servicio diario lo llevé bien por la bondad de mis vecinos y la inestimable ayuda de Jesús, mi mancebo de toda la vida, recientemente fallecido.

Aquí sí que hacíamos de todo codo a codo con Don Julio el médico, pero cuando por razones achacables al lógico y a veces (al menos en mi caso) error de querer prosperar, decidí trasladarme a la capital y allí sí que comprobé que mi labor quedaba prácticamente marginada.

Ahora corren otros tiempos poco propicios que han hecho que el boticario esté al pie del cañón aun por encima de sus posibilidades físicas y reivindicando el sitio que quizás, y que los de mi generación me perdonen, abandonamos en tiempos de bonanza.

En todo caso, la intención primordial de esta misiva es recordarle al farmacéutico joven que, por el contrario, le hemos dejado un modelo de cooperativismo que no tiene parangón en la historia de la moderna Farmacia.

Tengo delante el número UNO de la Revista ACOFAR y en la CARTA DEL DIRECTOR, firmada por el inolvidable compañero Bravo Albarés, este escribe sobre las 22 Cooperativas que existían en aquellos tiempos.

Escribe también sobre la creación de una Comisión para estudiar la constitución de una Mutualidad de Previsión, algo que entonces  era adelantarse a algo que, con los modernos planes de pensiones, hoy se considera desfasado, pero que hace cincuenta años era  mirar el futuro con lucidez e inquietud.

No todos los viejos boticarios lo hemos hecho mal; pero si hay algo de lo que me siento orgulloso es haber colaborado, con mi modesto esfuerzo, a que el movimiento cooperativo y esta Revista sigan siendo ejemplo de la solidaridad que nunca debemos perder.•

 

Un cordial saludo

«Olegario»

Por la transcripción: Pedro Caballero-Infante

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