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Artículos | Desde la trinchera del mostrador: Por favor, respete los medicamentos

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–“Es que mi niña no sabe tragar, démelo en sobres aunque sepan mal”.
–“Señora, que su niña tiene diecinueve años y se come las hamburguesas en dos bocados, no la haga infantil”.

 

El fármaco es una sustancia que realiza un efecto paliativo o curativo sobre el organismo; quita los dolores, controla la tensión, ajusta las cifras de glucosa en sangre, hace dormir, mejora el ánimo, dilata los bronquios, regula ciclos hormonales… No es alimento, no engorda. Pero para poder hacer efecto necesita llegar allí; en la caja no hace efecto. Y necesita llegar al sitio de acción en una cantidad adecuada; si no llega, o llega menos, no se producirá el efecto terapéutico.

O sea: hay que tomar lo que ha indicado el prescriptor, nunca menos.

Y hay que tomarlo como pone en el envase, tal como le indica el farmacéutico, pues muchos medicamentos se inactivan al llegar al estómago y verse atacados por la acidez del mismo. Para evitar que eso ocurra y proteger al fármaco del estómago, los laboratorios los presentan en formatos que resistan la acidez: cápsulas, comprimidos recubiertos, formas de liberación especial (“oros”, “ocas”, “prolib”…), muchos apellidos distintos. Esas formas tan peculiares con que se presentan los fármacos al paciente normalmente son para defender al medicamento del paciente y no al revés.

Y se tienen que ingerir íntegros; no se pueden abrir las cápsulas y sacar el contenido, no se pueden masticar las grageas o comprimidos, ni partir, ni mucho menos machacar. Si hacemos eso hay muchas posibilidades de que el fármaco no llegue a sangre, ni al lugar de actuación. Y por tanto sea inútil; se habrá desperdiciado.

¿Y si no sabe o no puede tragar el comprimido entero? No hay problema, hay multitud de presentaciones alternativas; sobres, comprimidos bucodispersables, jarabes… Sólo es cuestión de hablar. Hablar con el médico o con el farmacéutico y cambiar el formato.

 

 

 

 

¿Y con qué lo tomo? ¿Antes o después de comer? Normalmente se toman con agua y en ayunas. Algunos fármacos (diclofenaco por ejemplo) tomados con alimento no se asimilan y por tanto no hacen efecto. “Es que hacen menos daño tomados con el estómago lleno”. Claro, ¡es que se ha tirado la mitad a la basura! Ciertos antibióticos no pueden tomarse con leche; El hierro hay que tomarlo con vitamina C o zumo de naranja o zumo de piña, después de tomar el comprimido semanal o mensual para la osteoporosis hay que permanecer de media a una hora en ayunas y posición erguida…

Sí, hay muchos requisitos, casi tantos como fármacos, pero son fáciles y asumibles. Si los cumple obtendrá lo mejor de cada uno de ellos, lo que el prescriptor espera.

Con todo eso conseguimos que el medicamento prescrito esté en disposición de hacer en el paciente lo que el prescriptor espera, pero, de vez en cuando, la mayor parte de las veces sin poder preverlo previamente, un fármaco hace lo que no debe: un efecto secundario. Cuando el efecto es inmediato el paciente se da cuenta y deja el fármaco: “en cuanto me pongo esos parches me duele la cabeza, los dejo y luego el cardiólogo me echa la bronca”. Hay veces que no: “Sí, soy asmático y uso sprays, ¿qué tiene eso que ver con que lleve la lengua en perdición de hongos?”.

El abandono de la terapia y el efecto secundario del corticoide se podían prevenir con una buena dispensación, con un trabajo profesional desde esa trinchera que es el mostrador.

Si tiene dudas, consulte a su farmacéutico. •

 

José Ramón García Solans
Farmacéutico Comunitario Zaragoza

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