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Artículos | Despertar al león. Por Pedro Caballero-Infante

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Puntualsenna

 

Cuentan, quienes lo vivieron, que hubo una época, cuando existía libertad para abrir una Farmacia, siempre dentro de la normativa que sólo ponía como condicionante la obligatoriedad de la distancia mínima, que la prioridad en su concesión  iba implícita con la antelación de su solicitud en el tiempo.

Dicho de otro modo: Si Pepe presentaba los papeles en su colegio a las 9, 30 de la mañana le ganaba a Manolo que lo había hecho a las 11. Esta normativa produjo escenas típicas de una película de Berlanga. Pepe veía a Manolo, ambos de la misma población, subido en el tranvía en dirección a su Colegio y paraba un taxi con tal de llegar primero.

Carreras, ya pedestres, por la calle colegial y agarrones de solapa disueltos por los empleados del Colegio. A esta hilarante situación, para la opinión pública, y tan bochornosa para la clase farmacéutica, se le puso coto y afortunadamente desaparecieron estas tristes comedietas.

Cuando los centros asistenciales geriátricos comenzaron a adquirir, por el abandono familiar (¡qué pena!), vigencia, los farmacéuticos colindantes comenzaban a mover pieza para que sus Farmacias fuesen las proveedoras de medicamentos y productos farmacéuticos. También las clínicas, que entonces no contaban con farmacia hospitalaria, tenían botiquines surtidos, normalmente por una Farmacia vecina de los que se hacía responsable el boticario proveedor.

Era época de bonanza y estas pequeñas exclusivas se las consideraba el “chocolate del loro”, pero llegó la concatenación de la crisis y el aumento, en años, de la expectativa de vida, y aparecieron, en el panorama sanitario, dos productos extremadamente golosos: las tiras reactivas para el control de la diabetes y los pañales para la incontinencia urinaria.

La explosión alcanzó un alto grado de decibelios y ya el chocolate del loro lo necesitaba el propietario del pájaro y el boticario se convirtió en agente comercial. La sola noticia de la próxima inauguración de un centro asistencial para ancianos despertaba en el farmacéutico cercano la chispa de la oferta. Al principio primaba la cercanía pero más tarde, y ya nos acercamos a los tiempos actuales, los de otras zonas se partían el trasero por ofertar sus servicios a estas entidades.

El binomio oferta/demanda tiene unas connotaciones duramente pragmáticas y comerciales, y quién se llevaba el gato al agua normalmente ofertaba servicios tangenciales y/o paralelos para que su oferta fuese la elegida, pero como nuevos “vendedores”, diéronse cuenta que lo que primaba en definitiva era la dura rebaja económica o las ofertas que iban más allá de la mera oferta asistencial.


Y es que el famoso eslogan chino de “imital” es, al parecer, inherente al ser humano. ¿Qué abren un “gastrobar”? Allá que van múltiples imitadores para hacer lo mismo. En la mayoría de los casos sin “comerse el coco”. Platos cuadrados, bandejas de pizarra negra en la que no ves, dicho sea de paso, si te comes un cogollo caramelizado de apio, que de lechuga, o alcachofitas al perfume de jazmín.

Si se trata de una tienda de ropas usadas de alta calidad ya tenemos mil Natis Abascales haciendo lo mismo.

Y aquí viene lo nuestro. Somos insolidarios en época de unión, y sin darnos cuenta, por lo que sigo viendo, somos nuestros peores enemigos.

Una empresa ha de ser competitiva, pero siempre, y para esto están las asociaciones colegiales o empresariales, a “cencerros tapados”, nunca dando pábulo a nuestras miserias concursales.

Nunca entendí que un farmacéutico se opusiese, casi por obligación, a la apertura de otra Farmacia colindante aunque ésta estuviese bendecida con todo el proceso administrativo y judicial. Al final se abría y todos tan felices, pero quedaba el escándalo.

Ponerle campanas a nuestras diatribas ha despertado al león dormido, y ya en determinada Comunidad se ha puesto en marcha el servicio domiciliario para servir, no tan sólo a las Residencias, los productos de exclusiva venta en Farmacias, quitando no un bocado tan necesario en los tiempos que corren, sino diciendo: “¿A qué yo lo hago mejor y más barato?”.

Un competidor al que, por ahora, no tenemos armas con las que luchar. •

 

Olegario
Por la transcripción:
Pedro Caballero-Infante

 

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Angileptol. Al diablo con el dolor de garganta.

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