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Artículos | Dicotomia entre profesiones afines

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Puntualsenna

Escribo esto en mi diario a colación de una cuestión personal referente a mi visión. Yo veo perfectamente de lejos, con gafas o lentillas, y muy bien, de cerca, sin ellas.

Por ello acudo muy poco al oftalmólogo (especialidad médica) y mucho al óptico (especialidad farmacéutica). En este último caso es por una sencilla razón de coquetería. Me gusta más cambiar de montura (¡ojo! me refiero a montura de gafas) que a un tonto un decreto. Por supuesto acudo desde hace años a la óptica, anexa a su Farmacia, de un compañero.

Pero hace unos días, como empezase a notar una cierta dificultad nocturna leyendo un libro con el carácter tipográfico muy pequeño, decidí ir al oculista para que me revisase.

Me atendió muy profesionalmente, eufemismo de un trato distante, serio y seco. Me miró fondo de ojo, me tomó la tensión ocular y me puso el molde clásico de gafas, que nos hace parecer a Harold Lloyd, sobre las que fue introduciendo diversas lentes para que observase si las patitas de la E están a la izquierda, derecha, arriba o abajo.

Tras ello me comentó, mientras escribía, que la miopía se había solapado con la vista cansada y ya no era suficiente que me quitase las gafas para leer, sino que necesitaba unas nuevas para ver mejor de cerca.

Con la prescripción en la mano acudí a mi amigo el boticario óptico. Como hubiese una pequeña contradicción visual entre lo escrito por el médico y lo que él apreciaba, la revisión fue más exhaustiva. Hizo lo mismo que el galeno. Vió fondo de ojo, tomó tensión etc…

Ahora bien, con tranquilidad y una agradable parsimonia. Sin prisas. Y además dándome unas explicaciones, sin que yo preguntase, que fueron una pequeña clase de oftalmología.

Si están pensando que esto lo hizo mi compañero por una especial amistad para conmigo se  equivocan. Lo he visto estar cerca de una hora atendiendo a un paciente con la misma actitud de amabilidad, agrado y delicadeza.

¿Qué pasa pues, que dicen en Lequeitio?. Que llevamos años dándonos por completo (no es lo mismo dar que darse) sin plantearnos que esta dadivosidad tiene un precio.

Creo que la reivindicación del cobro por acto farmacéutico debe empezar por los especialistas y en nuestra profesión farmacéutica las especialidades son amplias.

Si un farmacéutico es dietista debe cobrar los consejos y el plan de alimentación que le pone a un paciente. Si ve la posible incompatibilidad entre hipotensores y cree necesario hacer una toma de tensión arterial, debe de cobrarla. Porque un ATS-DUE, que tiene una consulta al público, cobra más por la toma de tensión que por la puesta de un inyectable. La razón es que el tiempo de una consulta «tensiométrica» es ilimitado: «¿Está alta?. ¿Es baja? ¿Está descompensada?. ¿Me la toma otra vez, ahora que estoy más tranquila?».

Si no somos capaces, yo el primero, de poner la mano tras 45 minutos de conversación farmacológica con un paciente, busquemos la especialidad para que no nos dé pudor.

Si analizamos la naturaleza de una piel no debemos conformarnos con sentirnos pagados por el margen que nos deje la crema que  «vendemos», sino reivindiquemos el acto profesional, cobrándolo.

Como dice un amigo mío, médico y simpático, (perdón por el oxímoron) que cuando durante una cena, por ejemplo, una mujer le pregunta por una supuesta dolencia le requiere que se vaya desnudando y que después del reconocimiento le dirá cuanto le debe.

La mayoría de profesionales sanitarios, no digamos los médicos de ambulatorios, se quedan en la superficie. Nosotros profundizamos. Yo les llamo a ellos surfingistas mientras nosotros somos submarinistas.

Por ello, que nos paguen, al menos, las aletas y las gafas. •

«Olegario»

Por la transcripción: Pedro Caballero-Infante. caballeroinf@hotmail.com

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