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Artículos | Los farmacéuticos de pueblos y aldeas han agotado su posibilidades

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Cuando la época de vacas gordas, reflejadas en el “boom” de la construcción y la legislación que permitía abrir nuevas Farmacias, no había una sola promoción de viviendas que no tuviese como primer cartel generador y comercial uno que dijese: “Local adquirido para Farmacia”.

Más tarde ya los había para supermercados y bares. Pero el nuestro era el primero y casi siempre clavado en el suelo de un solar.

Por supuesto el precio del metro cuadrado de este local quintuplicaba al de las otras actividades.

Esto significaba que el farmacéutico no sólo no se dejaba querer sino que arrostraba una inversión a la que tan sólo a muy largo plazo le sacaba rentabilidad.

Como es lógico la opinión pública y la propia Administración estaban encantadas con esta precoz iniciativa empresarial de nuestros compañeros que les hacía ratificarse en la riqueza y poder adquisitivo que el farmacéutico siempre ha tenido.

Al cerrarse, por legislación, la posibilidad de instalar nuevas farmacias los jóvenes fuéronse buscando la vida por otros derroteros que hizo que hoy en día haya farmacias rurales al borde de la extinción.

Pero no es este el árbol de la anécdota al que quiero hacer referencia sino al bosque de la categoría que diría Don Eugenio.

Desde tiempo inmemorial pueblos muy pequeños y hasta aldeas movilizaban a sus fuerzas vivas para contar con los poderes fácticos (así se les decía) “imprescindibles” para la vivencia del pueblo. A saber y por orden de importancia: médico, maestro, cura y guardia civil.

Para que estos elementos indispensables acudiesen al pueblo lo primero que hacía el Ayuntamiento era dotarlos de vivienda gratuita que en el último caso, aunque fuese pequeña, era llamada casa-cuartel.

¿Y el boticario? El boticario, como en el cuento de Monterroso, ya estaba allí, con la casa, la botica, incluso con la rebotica preparada para que en ella estos poderes pudiesen llevar las riendas político sociales del pueblo. Todo pagado por él y dando las gracias.

¿Qué ocurre pues, que dicen en Lequeitio? Que yo he oído contestar en el casino de un pueblo, durante el mediodía de un sábado, a alguien que se quejaba de que médico y practicante se despidieran hasta el lunes, cómo otro le decía al boticario, que copeaba con los dos aludidos: “Usted sí se puede ir mientras no se lleve la botica”.

No es mi intención dar la vara. Es tan sólo recordar lo de los polvos y los lodos. Nos hemos dado tanto, menos importancia, que en estos momentos recuperar la cometa está costando Dios y ayuda porque el cordel se nos ha estirado demasiado.

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Ahora hay que recordar la frase que suele salir de las bocas de lasmadres después de una jornada agotadora: “¡Ay… el día que yo os falte!”. Ese día, para muchos que no nos valoraban, ya ha llegado.

 Los farmacéuticos de pueblos y aldeas que no llegan a los mil habitantes han agotado sus posibilidades y si no han cerrado están a punto de hacerlo y es, precisamente, cuando la administración y la sociedad han reparado en la importancia de un agente sanitario que, hasta ahora, ha ejercido no sólo de dispensador de medicamentos, sino de único consejero sanitario y social  y en la mayoría de los casos de mensajero puerta  a puerta.

No olvidemos que hay farmacias rurales que han de atender a otros puntos limítrofes desasistidos y que a su vez cubran el mínimo, que ya se ha demostrado insuficiente, para poder subsistir.

Es triste que como siempre, y tenemos de ejemplo el panorama actual de nuestra nación, la enfermedad se cebe con los más débiles que en nuestro caso son los inmudeprimidos farmacéuticos rurales a los que siempre se ha utilizado como ejemplo de la persistente entrega en la atención de sus pacientes. El famoso eslogan de “24 horas durante trescientos sesenta y cinco días a su servicio” se ha utilizado como escudo humano durante muchos años para la reivindicación de nuestros justos derechos.

Ahora esta especie, a punto de extinción, sin poder recurrir a los pastos de las OTC y demás parientes y afectos, necesita protección como el lince ibérico para sobrevivir.

Tomen las autoridades nota de este felino como referencia. •

 

«Olegario»

Por la transcripción: Pedro Caballero-Infante

Mail:caballeroinf@hotmail.com

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