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Artículos | Niñas guapas y hacendosas. Por Pedro Caballero-Infante

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Se decía en los ámbitos estudiantiles de mi ciudad universitaria que para ligar, hablamos de hombres, había que acercarse a la Facultad de Filosofía y Letras donde los “guayabos” (recupero una antigua palabra que no tenía que utilizar la estupidez del género ya que su femenino es una camisa) superaban por goleada a los utópicos estudiantes masculinos minoritarios en la citada Facultad.

Pues bien, los estudiantes de Farmacia sabíamos que esto era una auténtica leyenda urbana, ya que éramos testigos de que en nuestra Facultad las chicas eran más, en número, que los varones. Por ello no teníamos la necesidad de desplazarnos a la matriz de los filósofos para poder hacer un guiño amoroso a una linda joven.

Esto se ha demostrado, y sigue siendo igual, con sólo hacer una estadística mental de cuántos matrimonios farmacéuticos hay en el panorama español y que aún conviven perfectamente unidos.

Podría decirse, y pido me disculpen la broma, que son matrimonios muy bien avenidos, pues lo que unen dos buenas Farmacias  no lo separa ni Dios.

Me permito esta licencia humorística porque el motivo de esta página de mi diario es ensalzar la figura femenina superior en todo, y no exagero, a la del varón.

Ya de estudiantes esta supremacía comenzaba a manifestarse en cuanto al predominio estudioso de nuestras compañeras sobre los pobres chicos. Eran sin duda las que mejores notas sacaban, las que mejores apuntes tomaban y a las que, con timidez y vergüenza, teníamos que pedírselos, con frecuencia, prestados.

Pero esto era el germen de lo que luego se ratificaría en el ejercicio de nuestra profesión. La figura de la mujer en la Farmacia es fundamental y prioritaria a la del varón. Es cierto que hay algo de empatía, pues no olvidemos, y esto no hay que demostrarlo, que un porcentaje altísimo de los usuarios que acuden a nuestras Farmacias son mujeres.

Pero aunque no fuese así la simpatía, delicadeza y capacidad de contacto con el paciente es mayor en una mujer. La mujer va a la botica dentro de su recorrido diario, con la llamada bolsa de la compra, y la sola visión de otra congénere la hace mostrarse más abierta y tranquila para exponer sus problemas que no son sólo de enfermedades propias.

Habría que recurrir a la historia del confesor que le decía a la beata: “Hermana ya me ha hablado usted de los pecados de su marido, ahora dígame los suyos”.

Pero, ocurrido esto con frecuencia, hay que reconocer que las enfermedades propias del sexo femenino son más confiables a otra mujer que no al varón.

Yo tuve una compañera, en el más amplio sentido de la palabra, no precisamente farmacéutica, que me ayudaba en la botica, y eran miles las veces que cuando al requerimiento: “¿No está la señorita?” contestado con una negación, casi siempre respondían: “Pues entonces volveré mañana”.

No me considero antipático pero todas las mujeres que han trabajado a mi lado me han ganado por goleada. Personalmente puedo aseverar que el sexto sentido les funciona. ¡De cuántos apuros me han sacado advirtiéndome de antemano que la malencarada que entraba no era de fiar y que tuviese cuidado con el manido timo del cambio de un billete grande!.

¿Y la mirada camaleónica que observa igual la receta que a la niña descuidera que se está llevando de matute dos potitos del expositor? Son auténticas máquinas.

En mi “Diario de un boticario” me siguen más ellas que mis compañeros, ¡Dios las bendiga!, y tienen una sensibilidad y una fortaleza que las hace llevar adelante su trabajo y simultanearlo con su labores (S/L en los DNI antiguos).

Son capaces de, recién alumbradas, llevarse a su bebé a la Farmacia y compartir la atención al público con la toma del biberón puntual de su hijo.

Es muy común leer entrevistas a compañeros que dicen que su vocación farmacéutica se inició desde temprana edad por haber situado su infancia entre los anaqueles de la rebotica de su madre.

Por ello, con el  entusiasmo que manifiesto a mis compañeras, no puedo menos que recordar cómo los alumnos que vivimos entre los entrañables muros del Real e Ilustre Colegio Mayor de San Bartolomé y Santiago de la Universidad granadina fuimos pioneros de su  reconocimiento, arrojando, a su paso, nuestros mantos y becas, mientras se entonaba una histórica canción exaltadora que decía: “Niñas guapas y hacendosas, honra y gloria de tu madre, con esas cosas que dices y esos primeros que haces. ¡Guapa!”

Va por ellas.•

 

Olegario

Por la transcripción: Pedro Caballero-Infante

caballeroinf@hotmail.es

@caballeroinf

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