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Artículos | -“¿Para tomar o para llevar?”-

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La prescripción farmacológica, en teoría, ha ido inherente al médico que, mediante un documento llamado receta, levantaba acta sobre lo que el paciente debía solicitar en su farmacia.

Escribo lo de: “en teoría”, porque desde tiempo inmemorial, y fundamentalmente desde que el arsenal terapéutico se ha hecho interminable, los boticarios nos hemos visto ante el dilema de cumplir radicalmente lo legalmente establecido o adaptarnos a lo que es la práctica habitual de muchos usuarios, cual es la solicitud de un medicamento por propia indicación, o bien, en la afortunada frase, acuñada desde el RICOF de Sevilla, que dicho sea de paso le ha puesto el cascabel al gato, de la llamada “receta servilleta”.

De una forma u otra servidor de ustedes, y desde hace tiempo, tiene creado un código ético de uso interno  en el que juega un papel importante, para dispensar, o no, una “prescripción verbal”, la forma en la que se me pide y quién me lo solicita.

Si Carmela, rayando el climaterio y con cinco hijos que van de los doce a los treinta años, me cuenta en la intimidad de mi despacho, y deshecha en llanto, que lo que creía una retirada del período puede ser un precoz embarazo ya que, de un tiempo a esta parte, tiene relaciones con su marido sin ninguna precaución, yo la tranquilizo y le “dispenso” lo que creo conveniente, y además, de regalo, le doy una cajita de profilácticos, que dicho sea de paso siempre los he “dispensado” (no vendido) sin ningún problema a quien me ha parecido oportuno.

Por el contrario, si un tipejo me espeta: “Dame una caja grande de gomas”, lo mando a… la casa Michelín agregándole que, vista su obesidad, “debe saber la dirección”.

Pero esto, que escribo en mi diario, forma parte del pleistoceno farmacéutico, porque los que llevamos años al pie del “mostrador maldito” somos conscientes que los que vienen empujando hacen verdad, cada vez más, una frase que va haciéndose axiomática en la profesión: “El modelo farmacéutico ha de cambiar pues debe adaptarse a las exigencias del “mercado” y a las demandas de la sociedad”.

Por ello las peticiones orales farmacológicas han sido superadas por las EFP auspiciadas por la Asociación para el Autocuidado de la Salud (Anefp), sociedad que merece  mis complacencias, pero también por otras que mis compañeros, quizás por necesidad, han ido incluyendo en un vademecum apócrifo.

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Y hoy, al hilo de ello, les cuento lo que me ha pasado esta misma mañana. Antoñito, un zagal hijo de Encarnación la pescadera, ha entrado en mi botica, recién abierta, con una resaca de campeonato y me ha dicho: “Don Olegario, ¿me da usted unas gomitas por si acaso?”.

Ante lo cual, y según mi particular código, lo he mandado a su casa con cajas destempladas. El pobre chaval asustado ha sacado del bolsillo un arrugado díptico en cuya portada y a cuatro colores he leído: “La auténtica goma que debes usar”. Intrigado he desplegado el folleto para comprobar, atónito, lo que transcribo:   

“Para combatir los excesos tras una fiesta usa la goma de mascar (omito obviamente el nombre comercial)  que ayudará a tu organismo a metabolizar mejor las toxinas del alcohol. Este chicle con cafeína es el consumido por los marines americanos para misiones especiales de rescate. Para combatir tu resaca solo tienes que masticar esta goma durante cinco minutos para que, la vitamina B6, B12, C y el extracto de guaraná y piña que además llevan en su composición, sean plenamente absorbidos. Ya están a la venta en 6.000 farmacias en España. ¡Pídela en la tuya!”.

Ido el joven “juerguista” me he puesto a considerar que el camino que va tomando la botica, según el axioma antes referido, ha de ir paralelo al nuevo aprendizaje, al menos en mi caso, dialéctico para rematar una buena atención farmacéutica.

Nuestras ofertas de productos cosméticos, la óptica comercial, amén de la química seca y otras más, ya  usuales, se verán pronto adaptadas a la “demanda social”, y deberemos “dispensar” pan para celíacos o esos preparados lácteos que rebajan el colesterol, y algún que otros más que ya me presentarán revistas de gastronomía y/o bienestar y salud.

Lo que sí es cierto que debemos replantearnos el cambiar la clásica pregunta de: “¿alguna cosa más?” por la de: “¿para tomar o llevar?”, y en el caso de las mal entendidas “gomas” de Antoñito: “¿Para tomar o para dar?”.

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Angileptol. Al diablo con el dolor de garganta.
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