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Artículos | ¡Qué agobio! Por Pedro Caballero-Infante

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Puntualsenna

Mis padres, que no eran farmacéuticos, cuando comprobaban que tenía fiebre, llamaban al médico de cabecera, que se desplazaba a nuestra casa. Me auscultaba, me miraba la garganta, presionándome la lengua con una cucharilla de postre, me observaba detenidamente y, con el  fonendo aún puesto, decía: “Es un catarro muy fuerte. Dénle aspirinas, que guarde cama y vigílenlo. Si no cesa la fiebre me llaman de nuevo”.

Yo que soy farmacéutico, ¡qué le vamos a hacer!, cuando se producía esta situación con mis hijos, para que no cundiera la alarma, hacía casi lo mismo que D. Enrique, el médico de cabecera. Tras mi “diagnóstico” les daba Apiretal, nunca aspirina, no fuese a aparecer el fatídico síndrome de Reye, y si la adenopatía submaxilar era grande, les agregaba un antiinflamatorio.

Los vigilaba, y si los síntomas remitían,  los reintegraba al colegio. De no ser así  los llevaba, previa cita, al pediatra. Éste, tras contarle lo sucedido, y visto que la fuerte amigdalitis había virado a unas ostentosas anginas ponía el grito en el cielo y, educadamente, nos decía que con la automedicación habíamos podido enmascarar hasta… ¡una difteria!

Cambien esto a cualquier persona sin los mínimos conocimientos de sanidad. Vean el cuadro: traslado del crío, aunque fuese madrugada, a urgencias, y tras la consiguiente espera, producida por la aglomeración (es la pescadilla que se muerde la cola), la rutinaria revisión del pediatra de guardia que o bien, según la idiosincrasia del mismo, lo somete a toda clase de pruebas analíticas y radiográficas o, por el contrario, que es lo que está pasando ahora, con cara de pocos amigos y acuse de alarmismo, les receta un antitérmico y un antibiótico.

Desde tiempo inmemorial los médicos nos han mirado por el rabillo del ojo como intrusos de su inexpugnable profesión. Se nos ha acusado desaforadamente de fomentar la automedicación y rozar la ilegalidad por dispensar medicamentos para síntomas menores que llevasen, lo llevaban casi todos, la leyenda de “Sólo con receta médica”.

Ahora está cantando la gallina visto que están desbordados y maltratados. Es cuando de una forma “oficial” la OMC ha “sugerido” que los medicamentos para síntomas menores  (frase que siempre han denostado) sean dispensados sin receta por los “irresponsables” farmacéuticos.

Proponen también sancionar a quien haga “mal uso” de la sanidad sin considerar que muchos de sus pacientes particulares citados a las cuatro de la tarde no entran en consulta hasta las siete. El paciente, de ahí su nombre, ha de tener paciencia y no quejarse de una banda horaria tan dilatada y que no admite justificación.

¿Por qué no reconocer públicamente que el paciente de consulta se convierte en impaciente de botica?  ¿Por qué no aceptar que todo lo que los médicos sufren ahora en sus carnes lo llevan padeciendo desde infinidad de años los boticarios de a pie?

¿Quién, en el ámbito sanitario, nos agradece que, sin previa cita, atendamos a un enfermo griposo y le convenzamos de que su patología no es grave y que un simple analgésico-antihistamínico les puede, guardando cama, curar lo que él cree algo grave?

¿Quién le paga al farmacéutico sus innumerables horas convenciendo al usuario de que el genérico que, por decisión de la Administración, ha de dispensar es igual al de “toda la vida” aunque la cápsula sea verde y no roja?

No digamos, y parece que estamos hablando del Pleistoceno, las horas que el farmacéutico ha perdido “traduciendo” las recetas escritas en cirílico por el agobiado galeno.

¿Ahora hablan de agotamiento y agobio ante una avalancha de “enfermos imaginarios” cuando nosotros atendemos auténticas avalanchas, desde tiempo inmemorial, de gente, que ante la facilidad de acceso, nos plantea no solamente su hipocondría sino los problemas que no tienen su raíz nada más que en sus circunstancias vivenciales?

Y ni una mala cara por parte del boticario ni un afán de lucro pudiendo “beneficiarse” de la aprensión del usuario, sino, por el contrario, como se ha demostrado estadísticamente, que de tres personas que acuden a la Farmacia tan sólo uno sale con un producto de pago; el resto sólo aconsejada.

Si a esto se le agrega que, de un tiempo a esta parte, nuestros ingresos económicos (lo que para los médicos es una nómina u honorarios)  han disminuido en progresión geométrica, ¿dónde llegaría el clamor desolado de los profesionales médicos en nuestras actuales circunstancias?

A los cielos que perdimos. •

 

Olegario
Por la transcripción: Pedro Caballero-Infante
caballeroinf@hotmail.es
@caballeroinf

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Angileptol. Al diablo con el dolor de garganta.

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