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Artículos | Regalos médicos precoces. Por Pedro Caballero-Infante

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Puntualsenna

Leo en “El Heraldo de Aragón” una información cuyo titular reza: “El 75 por ciento de los alumnos de Medicina admiten que reciben regalos de las farmacéuticas”. No es algo banal puesto que en el desarrollo de la noticia se lee que esta afirmación se debe a una investigación llevada a cabo por la Universidad de Zaragoza. Algo serio y contrastado “científicamente”.

Por ello, y a colación de que no hay nada nuevo bajo el sol, no me sustraigo en contar algo muy personal de lo que fui protagonista.

Cuando yo cursaba el primer año de la carrera, mi cuñado, persona entrañable y, cosa excepcional en este tipo de parentesco, casi mi hermano, estaba terminando Medicina. Obviamente mayor que yo, pero jóvenes ambos, sin ánimo de petulancia y sí con el lógico orgullo del que se ve ya titulado en Medicina y Cirugía, me enseñó un talonario de recetas particulares en las que figuraba su nombre y apellidos, y bajo estos, aun sin haber terminado la carrera, la palabra “Médico”.

Ante mi sorpresa me dijo que era un regalo recibido en su domicilio por parte de un laboratorio cuyo nombre omito, pues aún existe, y al que, por otra parte, no me da la gana de hacerle publicidad.

Ya ejerciendo la medicina pública y privada mi citado cuñado, que es cirujano, recién casado con mi hermana, me prestó un día su coche para que yo, aún peatón forzoso, saliese de parranda con una amiga.

Tras el picoteo con ésta y de vuelta de una distante discoteca de mi ciudad vi que en el salpicadero del coche se agrupaban dos, entonces, casettes en las que vislumbré su título: “Música de siempre”.

Verde y con asas. Juventud, atracción, algo de alcohol y nocturnidad: era el momento de rematar la velada con una parada estratégica y el acompañamiento de una romántica melodía.

Fue un momento magnífico el que sinergizó (perdón por la deformación profesional) nuestras miradas la audición, aún lo recuerdo, de la banda sonora de la película “Doctor Zhivago”, a la sazón la canción se llamaba y se llama “Tema de Lara”.

Se produjo el prodigio: nuestros cuerpos se acercaron, nuestros labios se besaron y en pleno éxtasis la música cesó y apareció una voz de locutor profesional que decía: “Nada mejor para su reuma que supositorios Naprosym”.

Huelga decir que el encanto se rompió y que yo, confuso, puesto que mi amiga suponía que el coche era de mi propiedad, no supe que explicación dar a tan desconcertante situación. La dejé en su casa y desde entonces no he vuelto a tener noticias de ella.

Esta vivencia personal la cuento, desnudando mi vida sentimental, a propósito de la noticia leída en el diario maño.

Realmente me ha sorprendido que siga existiendo esta práctica por diversas razones, entre las que está, si mal no recuerdo, que una determinada normativa las prohibió, al igual que la entrega de las famosas y ya creída extintas donaciones de “muestras gratuitas”.

Cuando apareció la gratificante prescripción por principio activo que obligaba al galeno recetar: “amoxicilina de 500 mg” para que el boticario diese la marca que le petase, la industria farmacéutica cambió de “chip” y envío en masa a sus visitadores a las boticas. Era el momento en el que el titular de la farmacia tenía la sartén por el mango, y al que había de tener contento para que según su saber y gobierno dispensase el medicamento que creyese oportuno.

El inusual mago que había generado tal normativa nos había dado nuestro auténtico sitio de prestancia sanitaria. Desaparecieron los bolígrafos y los almanaques apareciendo dádivas más espectaculares socialmente y más provechosas pecuniariamente.

Mi cuñado, lejos de la competitividad familiar y profesional, buena persona que es, se sorprendía y a la vez se alegraba de que yo ya fuese un hombrecito en este mundo tan similar y competitivo como el sanitario.

Desapareció el legendario: “Consulte con su médico” para reconvertirse en el “Consulte con su farmacéutico” que tanto molesta a la Organización Médica Colegial. No todos son como el marido de mi hermana.

Y en ello apareció una médica, Consejera de Salud de una conocida Autonomía que, como el comandante, mandó parar y se inventó la subasta de medicamentos.

Era darle demasiada cuerda al pandero del farmacéutico. En ello, de nuevo, estamos hasta que la salud de todos, nunca mejor dicho, aguante. •

 

 

Olegario
Por la transcripción:
Pedro Caballero-Infante

caballeroinf@hotmail.es
@caballeroinf

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