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Artículos | Residencias geriátricas. Por Pedro Caballero-Infante

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Les voy a mostrar un truco, de forma gratuita, que funciona en una gran mayoría de casos. Supongan que llegan a una venta o chiringuito de playa que por sus características no admite reserva de mesa y que se encuentra, cosa muy habitual, abarrotado de comensales. Tras avistar, astutamente, una mesa que está siendo abandonada por unos clientes, corran hacia ella y ocupen los asientos que acaban de quedar libres.

Por lógica aparecerá pronto un camarero/a que, para que puedan acudir más clientes, se presta raudo a limpiar la mesa y colocar nuevo mantel. Este empleado en ese momento no pregunta: “¿qué van a tomar los señores?”. Si acaso musita un: “Quito esto y enseguida les atiendo”. Es el preciso momento de alabar el sitio, la diligencia de, supongamos en este caso la camarera, y de preguntarle por su nombre. Digamos que es Marta.

Archiven mentalmente su nombre y dispónganse a esperar pacientemente en la total conciencia de que el “enseguida” de Marta es una utopía.

Tras pasar no más de cinco minutos de espera durante los cuales la tal Marta ha pasado sin mirarles infinitas veces, digan no muy fuerte pero con familiaridad: “¡Marta, por favor!”. La chica, no acostumbrada a que el público sepa su nombre, mirará instintivamente al que le ha llamado por su nombre, que es usted y al que reconoce como el cliente piropeador del establecimiento y su persona.

No duden que Marta se acercará de inmediato, se justificará y tomará la comanda. Así hasta los postres. No falla. ¡Pruébenlo y verán como repiten!

Esto que les he contado es lo que llamo efecto humanizador entre cliente y empresario. A mí cuando me recomiendan un albañil pregunto primero si es buena persona. Me contestan sorprendidos que lo importante es que maneje bien el palustre y yo replico que prefiero humanidad, que raya con la honradez, más que perfeccionismo.

Desde que la vejez se ha hecho una enfermedad crónica, los centros de mayores han crecido como setas, algo que no me sustraigo, haciendo un inciso, en calificar como muy triste. Tendríamos que aprender de la etnia gitana donde el patriarca permanece en su “tribu” rodeado de los suyos hasta el último hálito.

Antropología aparte, el boticario captó este fenómeno, y mirando el efecto económico de “dispensar” pañales para la incontinencia, tiras reactivas para el control de la glucemia, y otros parientes y afectos en “exclusiva” a estos centros, se diligenció para hablar con los responsables y ofertarles, bien por cercanía o a la baja, sus servicios.

Como los farmacéuticos somos, me meteré en el mismo saco, en estos asuntos, tontos del haba, no sabemos llevar estos temas a “cencerros tapados”, y nuestras controversias las aireamos en ámbitos distintos a los meramente profesionales.

La Administración que, al contrario que nosotros, no es tonta, tomó hace años cumplida cuenta del tema y lo que significaba una jugosa fuente de ingresos, se secó.

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Ya en algunas autonomías, y en relación al suministro de las residencias geriátricas, han dicho la castiza frase: “nosotros a lo nuestro y que ellos se entiendan”, puesto que, listos que son, han comprobado que para ellos esto es el chocolate del loro y que es mejor jugar a las subastas (supongamos que hablamos del SAS), que además es más divertido pues les hace salir mucho en los periódicos.

Por supuesto, según la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia, (¡Ojo con el bicho que, escribo a finales de Octubre, vuelve a atacar cual díptero testicular con la monomanía de la liberalización!) referido a los geriátricos privados. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

Y es en este punto dónde aporto mi granito de arena y no me pierdo del truco con el que he iniciado mi diario que es una metáfora del trato humano.

Si yo fuese el director de un geriátrico privado haría una especie de experiencia piloto con diversos farmacéuticos a los que por un mes les daría la exclusiva de sus servicios, no sólo farmacológicos, sino personales, pues aprovechando lo dicho quiero dejar claro que un profesional ha de valorarse antes que por su simpatía por su valer profesional.

Tras este muestreo plantearía un referéndum entre los asilados y por mayoría daría la exclusiva al farmacéutico/a (noten que no hablo de Farmacias sino de sus titulares) que hubiese ganado en las urnas.

“Qué alegría Gertrudis; me han dicho que ha ganado la Farmacia de la señorita Marta. Además de saber mucho… ¡que niña más humana!”. •.

 

Olegario
Por la transcripción:
Pedro Caballero- Infante
caballeroinf@hotmail.es
@caballeroinf

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Angileptol. Al diablo con el dolor de garganta.
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