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Artículos | -“Su Antiséptico, Gracias”-

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Puntualsenna

A todos, o al menos a la mayoría, nos han preparado para, de adultos,  conseguir lo que el Arcipreste de Hita calificaba como: “haber mantenencia”. Dicho en román paladino: ganar el tan necesario dinero para subsistir.

Escrita esta radical entradilla paso a matizar. Para lograr lo que hoy en día se llama “ponerse en el taco” no es necesario pasar por la Academia. Pero para tener prestigio y formación universalista, sí.

Porque una cosa es aprender a ganar dinero y otra recibir enseñanzas que nos hagan personas íntegras y honorables. Lo difícil es lograr ponerlas en un equilibrio justo para llevar una vida desahogada.

La botica es la única profesión universitaria que se debate entre ambas y el fiel de la balanza nunca está fijo. La causa radica en vivir de un margen comercial que referido al medicamento, nuestra razón de ser, ha sido, y el tiempo lo ha demostrado, una eterna espada de Damocles que ya ha caído sobre nuestras cabezas.

Y es aquí donde se abre el debate entre dos estilos de paliar el desaguisado que ha promovido la Administración. Hay compañeros, entre los que me cuento, que hemos intentado y lo seguimos haciendo, abrir camino con la Atención Farmacéutica y ampliando nuestras oficinas en base a ofrecer productos tangenciales al fármaco.

En mi caso la contratación hace algún tiempo de mi querida adjunta Cristina ha potenciado las ventas de productos de dermofarmacia y dietética de una forma exponencial.

Pero cuando determinados compañeros se desmadran hay que intentar ponerles coto porque están menoscabando, aún más, nuestro prestigio universitario y social.

La gota que colma el vaso es una oferta que me llega de una empresa (ya hay varias) que se dedica a instalar máquinas dispensadoras, ubicadas en el exterior, que funcionan, para más INRI, aun con la farmacia abierta y las 24 horas del día.

En esta oferta se especifica, como si fuera la panacea, que además de tiritas, antisépticos y otros productos cercanos a la sanidad, se puede compartir con refrescos, cargadores de móvil, y por supuesto, con los relacionados con el “tema sexual” (sic) como preservativos y lubricantes afrodisíacos.

Aparte de la indignidad que representa, al menos para mí, tener en la puerta de mi botica un artefacto de estas características, hay una razón obvia que por sí las desnaturaliza.

¿No estamos en plena lucha para que se nos reivindique el pago por la Atención Farmacéutica, única salida digna que nos confirma como expertos del medicamento? ¿Es que un antiséptico o un antiácido no requieren consejo farmacéutico? ¿Cuántas preguntas devenga la venta de un producto dietético por parte de la madre que lo adquiere, aunque ya hayamos perdido la batalla de la exclusividad de su venta?

¿Se imaginan una máquina dispensadora de contratos de arrendamiento, compraventas o recursos de multas de tráfico en el umbral de un despacho de abogados?

¿Y una notaría donde el titular fuese sustituido por una máquina robot que leyese un testamento y al final sólo preguntase por su asentimiento e instase a la firma?

No es ciencia ficción. Estas actividades jurídicas, en los casos sencillos y habituales, lo que serían las tiritas o caramelos para la garganta en nuestro caso, las podrían tener estandarizadas unas máquinas. De ser así la libertad de honorarios de los juristas se vería menoscabada y no digamos su prestigio.

Yo estudié en una Facultad de Farmacia de un prestigio inusual. Los estudiantes que cursábamos en ella éramos considerados la élite, como Artillería en el ejército, de todas las otras carreras universitarias.

Por ello me es muy duro aceptar estas prácticas que, aparte de hacernos perder fuerza ante la Administración, nos bajan del pedestal universitario tal y como comentaba en el párrafo anterior.

Estas máquinas, a las que hago alusión por la oferta recibida, no crean que son una utopía sino que, según el informe, ya hay instaladas 250 en toda España, y como el Ébola, bastan pocos casos para que se produzca un contagio que rompa en una epidemia.

Dejemos las máquinas para los cajeros bancarios y para las de tabaco en las tabernas. Como ya escribí en su momento: “¿Tabasco? En la másquina”. •

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Angileptol. Al diablo con el dolor de garganta.

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