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Editorial | Cooperativas para el Siglo XXI

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En la cultura industrial y productiva más al uso, los organigramas, procedimientos y fórmulas jurídicas conforman la vida de las empresas, determinan su existencia. En el cooperativismo, no es así. Ello se explica por una sencilla razón: la finalidad legítima principal de una compañía constituida por un capital orientado al negocio es siempre la cuenta de resultados / el beneficio económico. Pero en una cooperativa, la principal finalidad legítima la constituyen los resultados para los socios en términos de servicios. Este razonamiento está en la raíz del nacimiento del cooperativismo europeo hace ya casi doscientos años, y el potencial de desarrollo, tal como se ve en los comienzos del siglo XXI, parece confirmar que es un modelo que funciona, consolidado por la experiencia.

Cuando la finalidad de un proyecto empresarial no es el lucro sino el progreso de las empresas que participan en el mismo, es obligado que los procedimientos, organigramas y fórmulas jurídicas de la empresa no estén definidos por los objetivos de la cuenta de resultados, sino por los valores de las personas, que se transfieren a la institución empresarial. Por eso podemos hablar en propiedad de los valores del cooperativismo. Y por eso, en nuestro caso, la cuenta de resultados, la gestión eficiente, no son valores por sí mismos, sino criterios que acompañan al núcleo de la empresa. Bien es verdad que los resultados económicos son imprescindibles para la supervivencia del proyecto, sin embargo, no es menos cierto que está definido por la búsqueda del progreso de las farmacias y de las personas que se asocian en torno de la cooperativa.

 

 

Esta reflexión general previa es importante para entender el funcionamiento de las cooperativas farmacéuticas. Este hallazgo genial de la profesión farmacéutica del primer tercio del siglo XX nació ante un desafío concreto: la necesidad de los profesionales de defender su independencia mediante el control de la cadena de suministro. Pero la respuesta a ese desafío no se orientó hacia la conquista del mercado para generar beneficios añadidos a la cuenta de resultados de la farmacia. Hubiera sido posible y legítimo. Pero no fue así: las cooperativas farmacéuticas nacen para servir a la farmacia. Podríamos decir que la cooperativa es la retaguardia del farmacéutico que le aporta la seguridad imprescindible para poder dedicar lo mejor de sus esfuerzos a lo mejor que sabe hacer: cuidar de la salud de sus pacientes. Y está demostrado que el modelo funciona.

Defender el alma cooperativa de un proyecto empresarial en la distribución farmacéutica conlleva el compromiso efectivo con los valores de las personas. Y eso tiene consecuencias diferenciadoras: no vale todo en la estrategia de sostenibilidad empresarial. Entender que primero es el socio y después la cuota de mercado, requiere un esfuerzo añadido que nos impone un rumbo: el de la innovación permanente, el de la creatividad continua, el de la inteligencia aplicada a la búsqueda de la excelencia. Aparentemente, cualquier empresa del sector podría grabar esta idea en su sede corporativa. Sólo aparentemente: porque únicamente una cooperativa que actúe como tal tendrá siempre claro que lo primero es el socio en todos sus desarrollos de gestión y estrategias operativas. Lo demás es paisaje. Nosotros somos farmacia. Somos la herramienta clave que hace posible el desempeño viable de una profesión que aporta salud de proximidad a toda la sociedad. Alguien dirá que todo esto es un lastre para el negocio, una carga prescindible en el tiempo actual. A mí no se me ocurre nada más necesario para fijar el rumbo de la farmacia en el siglo XXI que defender las cooperativas farmacéuticas frente a cualquier otro modelo. •

 

Antonio Pérez Ostos
Presidente de CECOFAR

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