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Editorial Opinión | El papel del farmacéutico en la opiofilia actual

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Manuel Valido Torres. Presidente. Cooperativa Farmacéutica Canaria

En las dos últimas décadas hemos asistido a un cambio radical en la perspectiva de la analgesia con opioides: hemos pasado de la opiofobia a la opiofilia.

Según datos de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, el consumo de opioides ha pasado de 9,9 dosis diaria definida por cada 1.000 habitantes y día (DHD) en 2010 a 17,7 en 2017, lo que supone un crecimiento del 78%, debido principalmente a un incremento en el uso de nuevas formas farmacéuticas de fentanilo. Lógicamente, este aumento se ha visto acompañado de una subida en el número de eventos adversos: errores de dosificación, administración incorrecta, inadecuado seguimiento de los pacientes, interacciones, o uso inapropiado en pacientes de riesgo.

Este cambio de perspectiva puede estar relacionado con varios factores: una tolerancia cada vez menor de la sociedad al dolor y al sufrimiento, una mayor sensibilidad de los profesionales frente al dolor, la creación de unidades específicas de tratamiento, y la aparición de nuevos opioides y vías de administración, entre otros. Disponemos de analgésicos cada vez más potentes, que han sido autorizados como parte del arsenal terapéutico por su balance riesgo/beneficio favorable; pero estos fármacos no carecen de efectos secundarios e incluso de graves complicaciones, a veces mortales, sino se usan adecuadamente. En el caso del tratamiento del dolor crónico no oncológico (DCNO), se mantiene la controversia en cuanto a su eficacia y seguridad a largo plazo frente a los beneficios que se obtienen.

A pesar de que la prescripción de analgésicos opioides y las complicaciones derivadas de su uso indebido y abuso han aumentado significativamente en los últimos años, la situación en España es muy diferente a la de Estados Unidos, donde en 2017 fallecieron 24000 pacientes por sobredosis de opioides prescritos, una situación que ha llevado a la declaración de alerta sanitaria, y que deriva de su propia estructura sanitaria y social. Afortunadamente, el escenario en nuestro país, con un modelo sanitario y de acceso a los medicamentos muy distinto, hace muy improbable que se produzca una situación similar. En primer lugar, porque existen una serie de controles y protocolos para la prescripción de estos medicamentos, que establecen barreras para evitar usos inadecuados, como es la receta electrónica, que permite alertar de consumos abusivos y detectar errores en las pautas, así como hacer un seguimiento y poder valorar las cuatro “A” de la prescripción de opioides (analgesia, adherencia, efectos adversos y conductas aberrantes). Existen también herramientas que permiten valorar el riesgo de adicción, así como guías clínicas actualizadas. La historia clínica constituye una valiosa fuente de información en cuanto a los antecedentes de abuso de sustancias, que permite hacer una selección adecuada de los pacientes.

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Además, la formación que reciben los profesionales en dolor es cada vez más exigente, con grupos de trabajo en dolor que asesoran y forman parte de los distintos Planes Estratégicos de las distintas comunidades autónomas.

Por otro lado, existe un sistema de autorregulación en la Industria Farmacéutica, que se materializa en su Código de Buenas Prácticas.

El papel del farmacéutico es crucial para optimizar el uso de estos medicamentos. Por su cercanía al paciente, puede detectar problemas relacionados con el uso de medicamentos (PRM), comprobar el grado de conocimiento de los pacientes sobre su medicación, conocer el grado de adherencia, evitar posibles interacciones y duplicidades y medir la efectividad percibida de los tratamientos, así como determinar si es necesario derivar el paciente a su médico para una revisión del tratamiento.

Una vez más, se pone de relieve la importantísima labor que juega el farmacéutico comunitario en que España tenga un sistema sanitario que es el tercero del mundo en eficiencia detrás del de Hong Kong y Singapur según el último estudio realizado por Bloomberg. Por ello, debemos estar orgullosos de lo que hemos conseguido y no debemos dejar de trabajar para que nuestra sanidad siga manteniéndose entre las mejores del mundo.

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