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Todo el país (probablemente, el mundo en su conjunto) habrá cambiado entonces. Por un lado, el mundo ya no tendrá su centro (económico y cultural) únicamente en Occidente, los grandes países emergentes están reclamando un nuevo papel, Europa puede acabar siendo una gran potencia de personas mayores…

En este contexto, nos podemos preguntar: ¿Qué va a pasar con el sector farmacéutico? En concreto, ¿qué va a pasar con las empresas de distribución? Obviamente, la respuesta es que no tengo la más mínima certeza. Pero hagamos un ejercicio de reflexión.
Por un lado, estamos asistiendo a un envejecimiento de la población con lo que ello supone de incremento en la demanda de asistencia sanitaria. La satisfacción de esta demanda es cada vez más cara. La primera cuestión que nos deberíamos plantear es: ¿Y quién va a pagar esto? Dado que los recursos están cada vez más limitados, no es difícil aventurar que habrá más medidas tendentes a reducir esta demanda (copagos en medicamentos, consultas…). Por otro lado, cada vez será más necesario que los nuevos medicamentos (y otras tecnologías sanitarias) «aporten valor». Actualmente, la industria farmacéutica cada vez tiene más dificultades para poner en el mercado los antiguamente muy rentables «blockbusters». Y, además, la mayor parte de los medicamentos nuevos son de uso hospitalario con sistemas de financiación (y de distribución) cada vez más diferentes a los que conocemos en atención primaria.
Como podemos observar, da la impresión de que el sector de farmacia va a seguir teniendo dificultades. Especialmente, si la farmacia tiene que depender para su supervivencia de un margen sobre el precio del medicamento dispensado. Por tanto, es de esperar que la farmacia evolucione a un cambio en el sistema de remuneración y, además, hacia la implementación de servicios adicionales remunerados que aporten valor al sistema.

Y, ¿qué haremos las empresas de distribución? El sector tiene la gran dificultad de que también depende de un margen pequeño sobre el precio del medicamento distribuido. Hasta ahora, la respuesta del sector ha sido intentar mejorar la gestión y, además, en algunos casos, el aumento de tamaño de nuestras empresas, bien en forma de expansiones geográficas (¿rentables?) o en forma de alianzas estratégicas (cooperativas de segundo grado y alguna fusión). Es verdad que, hasta la fecha, el resultado de estos movimientos ha sido en un buen número de casos muy positivo (el caso de Unnefar es paradigmático). La pregunta, que yo no puedo responder desde estas páginas y que corresponde hacerlo al sector en su totalidad, es cuál será la dirección que hay que tomar en el futuro. Es urgente hacer una reflexión estratégica profunda sobre qué queremos que sean nuestras farmacias y nuestras empresas de distribución (no olvidemos que en España, más del 80% de la distribución mayorista de medicamentos es propiedad de los farmacéuticos y se deben a ellos) porque si no lo hacemos nosotros, otros ajenos al sector lo harán. •

 

Juan Miguel Díaz

Presidente de Nafarco

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