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Las cooperativas somos aso­ciaciones de personas. Esto, que parece tan evidente, ve­mos que se olvida con más frecuencia de la que sería deseable. Contemplamos en algunos casos cómo se utilizan las cooperativas como si fueran un fin en sí mismas y no un medio al servicio de las per­sonas, de los farmacéuticos. Vemos cómo se convierten en entes con vida propia al margen de sus pro­pietarios, los cooperativistas, y lle­gan incluso a convertirse en campo de batalla de intereses bastardos y ambiciones personales dentro de un ambiente en el que lo que preocupa son los grandes titulares, el tamaño, la “gran implantación” o las cuotas de mercado en detrimento de lo que tiene que ser su función: Proporcio­nar de la manera más eficiente po­sible los productos y servicios que demandan sus socios, que para eso se asocian y no para otros asuntos. Debemos seguir construyendo coo­perativas fuertes y rentables, con medios suficientes para afrontar la problemática de la oficina de farma­cia en el presente y futuro. Y, cuan­do hablamos de fortaleza, no sólo hablamos de la económica, sino también de fortaleza moral, más importante que la anterior. El respeto a las leyes y normas vigentes, la hon­radez y la ética profesional, la justi­cia en el trato a los cooperativistas, la unión en los consejos rectores, la unión y confianza plena entre estos y los directivos, las plantillas motiva­das e ilusionadas, el mantenimien­to del espíritu cooperativo entre los socios y los consejos rectores, la conciencia de nuestro papel en la sociedad… Una fuerza de la que ni nosotros somos conocedores a veces.

Desde Novaltia entendemos que la fórmula de Unnefar, cooperati­va de segundo grado, es la idónea para que las cooperativas pequeñas y medianas puedan abordar gran­des proyectos. Además, la cercanía que implica la gestión local de sus socios -conocimiento de las perso­nas, de las problemáticas locales e incluso personales…- es también más eficaz cuando se trata de elegir correctamente a las personas que soporten responsabilidades den­tro de la cooperativa, para ejercer el control pertinente e incluso para ejercer las funciones de corrección-sustitución si fuera necesario. Esto y la disposición de los socios a participar en el gobierno de su coo­perativa, nos protegerá mejor de lle­gar a situaciones por todos conoci­das que, además de tristes para los afectados, manchan la imagen de toda la profesión farmacéutica.

Recordemos que las coopera­tivas, todas, somos sociedades de personas, de farmacéuticos con ofi­cina de farmacia. Esto quiere decir que la manera en que la sociedad identifique a una de ellas -para bien o para mal- afecta a la imagen de todos sus socios y, en cierta mane­ra, a la de todos los farmacéuticos españoles. Caso distinto es cuando se trata de empresas de capital y con dueños difícilmente identifica­bles.

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El farmacéutico de a pie tiene los mismos intereses y similares inquie­tudes. Exijamos pues a los que rigen NUESTRAS COOPERATIVAS que se afanen en trabajar para lograr los fi­nes que anhelaban los compañeros que las fundaron y los actuales, y no en otros menesteres que pueden ser, además, fuentes de despres­tigio. Porque la mala actuación de unos pocos no debería empañar la imagen de miles de compañeros ejemplares.

A vuestra disposición.

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